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por Antonio Martínez Tortosa

Hay tiempos y lugares que parecen cargados de un energía peculiar, en los que parece que una transformación espiritual es posible. Aquí tenemos Ibiza —que no es solo playa y fiesta sin fin— y Tenerife. No sabría decir si es por el clima, el paisaje o alguna cualidad menos material que ejercen una atracción mística sobre determinado tipo de personas. No olvidemos las viejas colonias de jipis en la primera, ni la proliferación de cultos esotéricos o de contactados en la segunda. Pero eso no es nada si lo comparamos con California; mucho menos si es la California de finales de los sesenta. La llamada revolución sexual, el amor libre, las luchas por los derechos civiles de negros y homosexuales, la Contracultura, la Era de Acuario… Esa conjunción temporal y geográfica podría considerarse un punto caliente, el umbral que debía causar una metamorfosis generalizada cuya consecuencia sería una sociedad mejor y más justa. Muchos los creyeron así, y también son muchos quienes aprovecharon ese ambiente optimista y esas buenas intenciones para hacerse con su cuota de poder. Uno de los casos más célebres es el del reverendo Jim Jones y su Templo del pueblo, fundado en 1955 sobre un pensamiento socialista y antirracista, y que crecerá durante las dos décadas siguientes hasta terminar en 1978 con la muerte de novecientos nueve miembros de la congregación —todos, salvo cinco— en Guyana. Aunque la mayor infamia, quizá, sea la de la Familia Manson. Sus víctimas fueron muchas menos, pero había entre ellas se encontraba Sharon Tate, actriz de veintiséis años y embarazada de ocho meses.

Que el Russell de Las chicas —recién publicada por Anagrama— es Charles Manson es evidente, y Emma Cline no trata de ocultarlo en ningún momento. Es más, da por sentado que conocemos la historia. Pero al cambiar los nombres de los implicados se permite un mayor margen a la hora de explorar las relaciones entre  los personajes, sus motivaciones y los procesos psicológicos que les llevan a hacer lo que hacen. El hecho de ficcionalizar a Manson tiene un objetivo preciso: restarle peso en un relato del que él no es más que un satélite. Porque la seducción del líder no es la que atrae a Evie.

Cabría esperar que una narración sobre uno de los crímenes más notorios de la historia reciente estadounidense estuviera centrada en su instigador, pero eso no es lo que encontramos aquí. Ni de lejos. Russell es la argamasa que une al grupo en el rancho, pero no es el centro de gravedad en torno al que gravita la narradora y protagonista. Evie tiene catorce años en 1969, cuando encuentra en Suzanne, una de las jóvenes acólitas de Russell, el ejemplo a seguir. O mejor, una figura a la que idolatrar en ese periodo tan complicado que es la pubertad. Suzanne encarna lo opuesto a la desidia y la afectación impostadas propias de la adolescencia en las que se recrean Evie y su amiga Connie. Las dos niñas están obsesionadas consigo mismas, prestan una atención constante a cada gesto y a sus interpretaciones posibles. Esa autovigilancia las lleva a construir su personalidad a través de la mirada ajena —en especial la mirada masculina, cargada de un deseo que no terminan de comprender—, a través de la imagen de sí mismas que proyectan. Dependen de la aprobación de los demás para darse por satisfechas, mientras que Suzanne exuda seguridad en sí misma.

Además de esa autoconfianza, lo que empuja a Evie hacia Suzanne y el resto del rancho es la profunda necesidad de afecto que siente y su incapacidad para expresar dicha necesidad. Apenas empieza a comprender el funcionamiento del mundo cuando sus padres se divorcian y se transforman de nuevo en adolescentes. La relación entre los tres se ha desequilibrado y tratan de adaptarse como pueden a la nueva situación. Pero ninguno de los dos adultos es capaz de darle a su hija lo que necesita, y ella lo busca en otra parte. Aunque Evie reconoce la falsedad del rancho y su fondo de locura desde el principio, no la quiere ver: «Yo estaba encantada de deformar los significados, de malinterpretar deliberadamente las señales». Ese lugar representa lo opuesto a la comodidad burguesa que ha vivido hasta el momento, y desea con todas sus fuerzas que la promesa de amor y libertad que le ofrece sea real, aun cuando sabe, en el fondo, que no es así. Se pone así de manifiesto la distancia que existe entre la realidad y la voluntad, cómo la mirada modifica los acontecimientos y los colorea, acomodándolos a lo que se quiere ver. Es lo mismo que Evie y Connie han estado haciendo con los chicos; es lo que la madre de Evie ha hecho con su marido y lo que hace con su hija y sus novios; y es lo que la Evie del presente hace con la Evie de 1969, acomodando su participación en los acontecimientos previos al crimen según las expectativas de sus interlocutores. También en el presente, Sasha minimiza aquellos rasgos de Julian que no se adaptan a lo que piensa de él.

En su primera novela, Emma Cline ofrece una imagen creíble de las angustias y contradicciones de la pubertad pero, sobre todo, de los mecanismos y las trampas que configuran la psicología femenina, de la necesidad de vigilancia continua y la búsqueda del beneplácito masculino —que a veces les exige espacio, que se retiren a un lugar donde no molesten—; todo por esa falsa promesa de que el amor lo justifica, lo salva y lo arregla todo, incluso en los lugares en los que parece que esas reglas no se aplican. Y lo hace con una prosa lúcida y accesible, aunque quizá poco arriesgada en lo formal. No es de extrañar su enorme y merecido éxito.

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