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por Antonio Martínez Tortosa

Siempre he defendido que la poesía tiene un valor prerracional, que su fuerza reside en el poder para alcanzar aquél espacio anterior al raciocinio que escondemos en lo más íntimo. Por ese motivo nos encoge, porque se salta las barreras que hemos levantado a lo largo de milenios y que nos han traído, para bien y para mal, al punto en que nos encontramos como especie. Creo, como William Blake, que la poesía —la poiesis—es el origen del pensamiento. Ahí se encuentra también su parentesco paradójico con la filosofía: ambas suponen estrategias distintas para dotar a nuestro entorno de sentido.

Lo curioso es cuando ambas disciplinas se hibridan, cuando la una permea en la otra. Es el caso de los poemas proféticos del mencionado Blake, pero el vínculo va mucho más allá. El Matar a Platón de Chantal Maillard es uno de los ejemplos recientes más obvios, donde la filósofa y poeta malagueña trata de desentrañar la naturaleza del acontecimiento a partir de un hecho traumático. Si menciono esta obra es porque encuentro cierta familiaridad con ella en este La piel o el cuerpo de Leticia Fernández-Fontecha recién publicado por Pre-Textos. Ambos poemarios ofrecen una especie de estructura narrativa que los hace avanzar, y en ambos se produce un diálogo entre distintos personajes. Sin embargo, el libro de Fernández-Fontecha tiene también parentesco con el Tractatus Logico-Philosophicus y, más aún, con las Investigaciones filosóficas de Ludwig Wittgenstein, tanto en lo formal como en lo teórico. Por un lado, se presenta como una serie de fragmentos con una numeración sucesiva; por el otro, la poeta recupera el argumento contra el lenguaje privado que aparece en las Investigaciones: que un lenguaje puede ser secreto, pero no privado, puesto que su misma naturaleza reside en la comunicabilidad.

Ese punto es clave en el poemario. A partir de la figura de una mujer herida, Fernández-Fontecha plantea la relación existente entre la experiencia y el lenguaje —¿experimentamos algo, por ejemplo, un dolor, si no lo expresamos? —, entre el lenguaje y la articulación del yo como relato, como una sucesión de hechos narrables con construyen la persona, así como los distintos tipos de memoria: dicho relato de naturaleza lingüística frente a la memoria física de las heridas que continúan doliendo incluso después de haberse cerrado. Cuerpo y lenguaje se atraviesan mutuamente, como señaló Foucault y señala aquí la poeta.

Es innegable que el texto posee una densidad intelectual considerable. Entonces, si defiendo que se trata de un buen poemario y una magnífica ópera prima, ¿contradigo mi posición inicial? En absoluto. ¿Dónde queda mi defensa de lo prerracional en la poesía? Lo maravilloso es que no son categorías excluyentes. La piel o el cuerpo tiene la virtud de seducir e invitar a la reflexión. A la vez.

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