00106521247657____3__1200x1200

por Antonio Martínez Tortosa

No consigo recordar cuándo fue la primera vez que oí el nombre de Angélica Liddell, ni en qué circunstancias. Para mí, que no he visto —todavía y por desgracia— ninguna de sus obras, encarna cierto teatro exigente: difícil de ver y difícil de llevar a escena, cuyas piezas son tan duras para quien las ve desde el patio de butacas como para quien las interpreta encima del escenario. Porque, en aquél lugar mítico y tenebroso formado en mi imaginación desde que supe que existía alguien llamado Angélica Liddell, la veo a ella sobre las tablas, sola y sufriente, rondada por una tragedia no sé si explícita o apenas intuida, pero cuya presencia es innegable y se extiende a través de su palabra para alcanzar lo más elemental de quienes la observan.

Por eso no me sorprende comprobar, aunque sea en forma de libro, que no andaba demasiado equivocado. Una costilla sobre la mesa es un texto duro y hermoso al mismo tiempo. Se sitúa en un terreno mixto, a mitad de camino entre el poema y el diario —un poco como La mujer de pie, de Chantal Maillard—, construido en forma de epistolario unidireccional, puesto que no solo leemos las cartas que dirige a su amado, sino que sabemos que aquél no las contesta. ¿Cómo responder a ese dolor al que se enfrenta? Liddell escribe sobre sus padres hospitalizados, sobre sus mentes y sus cuerpos corrompidos, sobre la culpa por no poder hacer más, pero también por no poder hacer menos. ¿Qué ocurre cuando el parentesco no trae consigo el amor que se le espera, pero sí sus obligaciones? ¿Cuándo es mayor la crueldad, cuando hemos de asistir a la degradación absoluta de quienes amamos, o de aquellos cuyo amor nunca ha sido el necesario y que, a pesar de todo, forman nuestra familia? Lo peor de todo es la responsabilidad, la necesidad de tomar unas decisiones que resultan terroríficas.

Ese es el motivo por el que la soledad que permea estas páginas es tan radical: Liddell se sitúa frente a la psicosis de su padre, al Alzheimer de su madre y al silencio de su amante. Hay algo de rezo en esas cartas sin respuesta, algo que aspira a sobrepasar el drama de la carne, algo de búsqueda de trascendencia mediante la palabra. Nostalgia de lo sagrado, lo llama. Podríamos hablar de misticismo, pero más aún de transgresión. Si en la contraportada se menciona a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, creo que resuenan con más fuerza aún el fatalismo de Cioran, el erotismo de Bataille o el roce de la locura de Pizarnik. Hay una familiaridad indiscutible con la obra de la poeta argentina, con quien comparte imágenes e inquietudes, pero también con la teoría erótica del filósofo francés. Ante el horror corpóreo y mental que se despliega frente a sus ojos, Liddell expone una sexualidad desesperada. En el fondo, la muerte y la vida no son sino una misma cosa. Toda creación surge del desgarro, de romper los límites, sean estos sociales o biológicos. Liddell lo sabe.

Anuncios