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por Antonio Martínez Tortosa

A priori, parece que los términos «Filosofía» y «humor» son, si no antagónicos, al menos difíciles de compaginar. La Filosofía es tediosa y difícil, una especie de onanismo mental propio de académicos y de señores mayores que fuman en pipa y se sumergen en discusiones bizantinas que no tienen contacto alguno con la realidad cotidiana. Muy de vez en cuando, algún concepto como el de los cerebros en la cubeta de Putnam —que no deja de ser una revisión tecnológica del genio maligno de Descartes, o incluso de la caverna platónica— se hace relevante a través de alguna obra popular como Matrix, todo el mundo se vuelve un poco majara durante un tiempo —«¡Tío! ¿Y si todo fuera mentira?»— y la normalidad vuelve a imponerse.

Esta idea de que la Filosofía no tiene nada que ver con la vida real es una de las grandes bazas que utiliza Mohler en su webcomic Existentialcomics.com, del que la editorial Stirner acaba de seleccionar, traducir y publicar en papel y tapa dura 112 tiras. Por estas páginas vemos a decenas de filósofos: analíticos y continentales, antiguos, modernos y posmodernos, revolucionarios socialistas, comunistas y anarquistas; la partida de Monopoly anarquista entre Bakunin, Kropotkin, Goldman y Nozick no tiene desperdicio. Hay escenas de bar, borracheras, conflictos en la oficina. Nietzsche y Camus son los polos opuestos de la seducción, Kierkegaard es un rey del drama, Wittgenstein es, bueno, Wittgenstein. Las referencias a la cultura popular son constantes, y vemos Pokémon, a Simone de Beauvoir como Sarah Connor, al monstruo de Wittgenstein, Star Marx, Dragones y Mazmorras y filósofos… Los filósofos tienen problemas personales, emocionales o a la hora de llevar una vida coherente con su forma de pensar. Ahí está la raíz de gran parte del humor que encontramos en el cómic.

Hay muchas situaciones ridículas en estas páginas. Lo curioso es cómo se entrelazan la comedia y la Filosofía, cómo el primero surge de la segunda, en la más pura tradición serioburlesca cuyo origen se remonta hasta el cinismo griego. Tras estos dibujos «pobres» propios de los memes hay buen humor y (algo de) mala baba, y una mirada lúdica hacia un campo que, en principio, parece hermético y de una seriedad soporífera. Hay que destacar el talento que demuestra Mohler al hacernos reír mientras nos enseña un poco de Filosofía.

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