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por Antonio Martínez Tortosa

Se cometen crímenes horribles todos los días, pero solo unos pocos tienen la repercusión suficiente como para conmocionar a un país. Hace tan solo unas semanas, por ejemplo, apareció en mi ciudad el cuerpo de un hombre, descuartizado y metido en una maleta que el asesino había dejado junto a un contenedor de basura en una gran vía. Dos agentes de policía siguieron el rastro de sangre hasta un edificio donde el asesino, sin mediar palabra, se precipitó sobre uno de ellos y le apuñaló en el pecho causándole la muerte. Antes de caer, el inspector tuvo tiempo de sacar su arma y, junto a su compañero, abatir a tiros a su agresor. A pesar de la espectacularidad y de lo morboso de estos acontecimientos, el asombro no duró más que un par de días. Los casos del crimen de Pioz, la desaparición de Diana Quer o el asesinato de Marta del Castillo son distintos, y han permanecido meses en antena, llenando horas y horas de televisión aun cuando no haya novedades, alimentando no se sabe bien qué tipo de necesidad.

La repercusión y la movilización policial y social en torno a Marta del Castillo, la falta de eficacia a la hora de encontrar su cuerpo —los criminales han dado hasta cuatro versiones distintas— y que solo uno de los implicados haya terminado en la cárcel han convertido este caso en lo que suele llamarse, con razón, un «circo mediático», que aún resurge en ocasiones casi ocho años después de su comisión. En Francia ocurrió algo similar con la muerte de Laëtitia Perrais, una camarera de dieciocho años que la noche del 18 de enero de 2011 no volvió a su casa cuando salió del trabajo. A la mañana siguiente, su melliza encontró su moto volcada a escasos metros de su casa, y sus bailarinas tiradas en la calzada. En ese momento arranca un proceso que pondrá en vilo a la sociedad francesa durante semanas, y que alcanzará a todos los estadios de la sociedad civil hasta llegar al Elíseo.

El profesor de historia en la Universidad París XIII Ivan Jablonka reconstruye en Laëtitia o el fin de los hombres todos los detalles en torno al crimen. Pronto se descubre que ha sido violada, asesinada y descuartizada por un expresidiario al que conocía. La gran virtud del libro de Jablonka estriba en no dejarse llevar por el interés macabro, ni en caer en el determinismo que convierte a la víctima en víctima antes de serlo, es decir, que construye un relato en el que, de un modo u otro, la vida de Laëtitia la dirige de modo inevitable a su muerte. Motivos no faltan: nacida en del matrimonio entre un hombre agresivo —que será condenado por violación— y de una mujer con problemas mentales, su infancia viene marcada por una precariedad económica y una falta de afecto que las llevarán a ella y a su hermana Jessica a tener problemas en la escuela y a presentar cierto retraso en su desarrollo emocional. Tras el divorcio, las dos niñas ingresan en el sistema y pasan primero por un hogar infantil, y más tarde por una casa de acogida donde, al fin, encuentran cierta seguridad. Al menos en parte.

Jablonka escribe: «En la vida de Laëtitia hay tres injusticias: su infancia, entre un padre violento y un padre de acogida abusador; su muerte atroz a los dieciocho años; su metamorfosis en suceso, es decir, en espectáculo de muerte.» Lo que convierte el caso de Laëtitia en excepcional no es la violencia y la crueldad de su asesinato cuando apenas ha alcanzado la mayoría de edad, sino cómo pone en juego los mecanismos del poder y cómo las distintas partes intentan aprovecharlo en beneficio propio. El señor Patron, su padre de acogida, la utiliza para aparecer en los medios de comunicación y asumir el papel de padre y víctima; el presidente de la República Nicolas Sarkozy la utiliza para endurecer las leyes contra la reincidencia —el asesino no es un criminal sexual reincidente, pero sí es un criminal violento en una espiral sin control— y para atacar a la judicatura con el fin de presentarse ante la nación como salvador y padre protector. Tanto es así, que los jueces se verán obligados a ir a la huelga, en la medida de sus posibilidades, y a manifestarse en masa, algo insólito en una de las instituciones más «serias» del país.

Laëtitia es la víctima de Meilhon, su asesino que, dada su evolución anterior, podría haberla matado a ella o a cualquier otra persona. Pero lo más importante es que es víctima de sus tres padres: el biológico, que no le da los cuidados que necesita siendo una niña pequeña; del de acogida, que la controla con severidad de amo y que más tarde será condenado por abusar sexualmente de su hermana y de otras menores —es más que posible que hiciera lo mismo con Laëtitia—; del metafórico, encarnado en un Sarkozy obsesionado por ofrecer una imagen de sí como redentor y guardián del pueblo. El libro de Jablonka resulta demoledor en tanto que ofrece un análisis de la situación de abuso constante a la que están expuestas las mujeres y los menores, tanto fuera como dentro del sistema estatal que pretende protegerles. Lo hace desde una perspectiva de historiador que conoce bien los mecanismos judiciales —por momentos recuerda al Foucault de Vigilar y castigar o de Los anormales—, que huye del sensacionalismo y del sentimentalismo fácil al mismo tiempo que pretende aproximarse y comprender a la muchacha asesinada como persona, como entidad propia más allá de su papel de víctima, a través de sus mensajes en las redes sociales y de entrevistas con quienes la trataron y la quisieron. No era sino una chica normal que tuvo la desgracia de encontrarse con la violencia en demasiadas ocasiones, pero que estaba haciéndose un hueco en la sociedad de los adultos cuando se cruzó con Meilhon. Solo tuvo mala suerte.

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