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por Guillermo Beltrán

A día de hoy, el guionista Geoff Johns está considerado como el autor más representativo de la editorial DC de lo que llevamos de siglo. Dos buenos ejemplos de la excelsa labor del guionistas los podemos encontrar en sus etapas al frente de colecciones como Linterna Verde o Aquaman; personajes que tradicionalmente tenían un papel secundario dentro de la editorial, pero que en sus manos alcanzaron unas cotas de calidad y popularidad sin precedentes. Sin embargo, si hay un personaje al que Johns le debe buena parte de su fama y con el cual sentó las bases más reconocibles de su estilo, ese es Flash. En la serie protagonizada por Wally West es donde el escritor comenzó a dar sus primeros pasos al frente de una colección importante y donde empezamos a vislumbrar ese respeto por la herencia de los clásicos que caracterizarán sus guiones. Precisamente, el tomo que centra nuestra atención recoge los primeros números de The Flash firmados por Geoff Johns, iniciando así una de las más espectaculares etapas vividas por el Velocista Escarlata. 

“Flash. El país de las maravillas” reúne dos arcos argumentales y el número especial “Flash: Iron Heights”, cada uno de ellos con un equipo de dibujantes distinto. Primero tenemos una historia en la que Wally West, personaje que lleva encarnando a Flash desde la muerte de Barry Allen en “Crisis en Tierras Infinitas”, se ve arrastrado a un mundo en el que la Fuerza de la Velocidad no existe y, por tanto, Flash tampoco. Así pues, Wally se encuentra en una existencia paralela en la que veremos versiones alteradas de algunos personajes del entorno de Flash, y donde únicamente West, el Capitán Frío y el Amo de los Espejos son conscientes del cambio en la realidad. Esta situación obligará a los tres personajes a entablar una imposible alianza para restablecer el orden y devolver a la ciudad de Keystone a la normalidad. El siguiente arco llevará a Wally a enfrentarse a una extraña secta que venera su figura como si fuera un dios, pero que en sus rituales de fe acaban con la vida de aquellos a los que Flash salvó en alguna ocasión. Con esta premisa, el autor centra el relato en torno a las motivaciones del héroe y el concepto de la responsabilidad con los ciudadanos. Por último, tenemos un número especial en el que Flash deberá hacer frente a un motín en la prisión de Iron Heights, para lo cual contará con la colaboración del Flautista; un antiguo villano aparentemente reformado. 

Desde el principio, Johns establece una narración dinámica y ágil donde la sucesión de los acontecimientos apenas deja respiro al lector; sin embargo, el autor es capaz de reservar el espacio suficiente para trazar las personalidades de los caracteres que hacen su aparición. Esto se refleja claramente en la relación que establece entre el Capitán Frío, el Amo de los Espejos y Wally West en la primera línea argumental, donde los tres se mueven en una estupenda gama ética de grises, teniendo que olvidar sus instintos más primarios y confiar en su enemigo para solucionar el mal que les afecta a todos. Asimismo, el autor dota de mayor complejidad a personajes más secundarios, como la pareja de policías Chyre y Morillo o a Linda West, que deja de ser un mero interés romántico; consiguiendo así una capa de veracidad que sienta a las mil maravillas al relato. Por otra parte, es patente el cariño con el que Johns ve la Edad de Plata del personaje, haciendo constantes referencias a este periodo que va depositando a lo largo de la narración. Así vemos recuerdos de las aventuras que compartieron Barry Allen y Wally West cuando estos eran Flash y Kid Flash respectivamente o como algunas de las tramas de aquellos días sirven de desencadenante de los conflictos con los que nos encontramos ahora. Todo esto muestra la intención del guionista de modernizar al personaje pero sin olvidar sus características clásicas, realizando un ejercicio de reformulación de los conceptos de siempre, que contenten a tanto a los lectores noveles como a los veteranos. Esto hecho puede constatarse en mayor medida a partir del segundo arco argumental, pues aquí Johns ya se había consolidado como el guionista titular en el futuro de la saga, y pudo permitirse el lujo de introducir subtramas que iría desarrollando en los números venideros. 

En el apartado gráfico nos encontramos con tres dibujantes distintos para cada uno de las historias que incluye el tomo. En primer lugar tenemos a Ángel Unzueta, quien desarrolla una admirable labor a la hora de resaltar la teatralidad de las escenas a través de estupendos juegos de perspectivas y encuadres, alejándose de los convencionalismos del cómic de super-héroes de finales del siglo XX. La siguiente historia contaría con los lápices de Scott Kollins, un dibujante más cercano al cómic underground, con un trazo fino y controlado aunque muy prolífico en detalles, logrando un resultado muy disfrutable. La última historia corre a cargo de Ethan Van Sciver quien, a pesar de transmitir a la perfección el tono lúgubre e insano del relato, mantiene ciertos manierismos que recuerdan a los tan denostados tebeos noventeros; sobretodo gracias a esa particular y exagerada visión de la anatomía heroica.

Este “Flash. El país de las maravillas” supone un estupendo volumen para introducirse en las aventuras del Cometa Carmesí, tanto si se conoce algo de la historia del personaje como si no; así como para contemplar de primera mano los primeros pasos de uno de los autores más importantes del cómic de super-héroes de lo que llevamos de siglo XXI. Absolutamente imprescindible.

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