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por Guillermo Beltrán

A finales de los años 90’s, el célebre guionista británico Alan Moore creó la línea “America’s Best Comics” para la editorial Wildstorm. Este sello le sirvió a Moore para desarrollar una amplia gama de nuevos personajes, liberándose de las cadenas creativas que imponían las editoriales más importantes del sector. Así vieron la luz colecciones como ‘La liga de los Hombres Extraordinarios’, ‘Promethea’ o ‘Top 10’; títulos en los que el escritor daba una vuelta de tuerca a las características típicas de los tebeos de ciencia ficción, aventuras y súper-héroes. De aquella época surge también el título que hoy nos ocupa, ‘Tom Strong’, un divertido homenaje a las revistas pulp y a los cómics de la Edad de Oro. 

Esta serie nos cuenta las aventuras de Tom Strong y su familia, enmarcadas en un curioso universo donde el presente se parece una barbaridad a ese futuro optimista e ingenuo que imaginaban las películas de ciencia ficción de los años 50’s, donde la erudición es el motor de la sociedad. Así pues, nos encontramos con un héroe que fue criado en un tanque aislado con gravedad alterada, situado en un volcán inactivo de la remota isla Attabar Teru, como parte de un experimento de aprendizaje dirigido por su padre, el distinguido científico, Sinclair Strong. Cuando Tom Strong no es más que un niño, una catástrofe natural destruye el laboratorio donde vivía, acabando con la vida de sus padres. Será acogido por una tribu autóctona que se alimenta básicamente de la raíz de una maravillosa planta que aumenta su fuerza y longevidad hasta límites sobrehumanos. En esta tribu conocerá a Dhalua, a la que convertirá en su esposa y juntos viajarán a la futurista Millenium City, donde se convertirán en los paladines de la justicia, llegando a salvar a la humanidad en más de una ocasión. Allí les acompañarán Pheuman, un autómata inteligente creado por Sinclair Strong, el parlanchín gorila Rey Salomón y Tesla, la aventurera hija de Tom y Dhalua. La familia Strong tendrá que enfrentarse a una colorida colección de villanos como el Hombre Modular, formado por una legión de parásitos tecnológicos que actúan como una colmena y colonizan edificios, una raza de aztecas retro-futuristas que van conquistando los diferentes mundos paralelos que se encuentran, una entidad prehistórica conocida como Pangea, demonios de fuego, comandos nazis liderados por la sensual y mortífera Ingrid Weiss o su archienemigo, el profesor Paul Saveen.

Bajo esta premisa, Alan Moore nos presenta un ramillete de historias ligeras y entretenidas, llenas de aventuras ambientadas en los más extravagantes escenarios, desde frondosas selvas tropicales, remotos planetas perdidos en la profundidad del espacio exterior, viajes al futuro y al pasado, realidades alternativas y, por supuesto, las vertiginosas alturas de Millenium City, con sus teleféricos y coches flotantes. Estos relatos están marcados por un ritmo trepidante que permite al autor desarrollar todos los acontecimientos en uno o dos capítulos como máximo, en clara oposición con la narración descomprimida que domina el cómic comercial en la última década. Asimismo, el carácter vital y luminoso de los protagonistas nos recuerda a los personajes de los primeros años del tebeo americano, cuando todo era posible y el héroe siempre gana. Moore recrea una versión romántica del género pulp de aventuras, consiguiendo unos resultados verdaderamente encantadores, llenos de inocencia y entusiasmo. Por otra parte, el autor crea un divertido juego en el que las aventuras pasadas de Tom Strong se relatan a través de los cómics que leen los miembros de su club de fans, los “Strongmen de América”; desarrollando así una obra dentro de la obra, en la que también caben referencias a otras series del sello “American’s Best Comics”. A pesar de que todos los capítulos gozan de una calidad similar, notamos cierto bajón en aquellos que contienen varias historias independientes. En esos casos, se aprecia cierta prisa por resolver unas tramas que, por otra parte, tampoco tienen la enjundia ni la intensidad de las que desarrolla en un número completo o a través de varios capítulos. 

Para esta serie, Alan Moore contó con los lápices de Chris Sprouse, un estupendo artista que dio lo mejor de sí mismo a la hora de plasmar las estrafalarias ideas del guionista. Sprouse dota a sus viñetas de un estilizado dinamismo que profundiza en la idea del homenaje a los cómics de la Edad de Oro. Con una línea limpia y clara, el dibujante nos muestra un universo colorido y complejo para el que no escatima en los detalles en los fondos ni en los elementos tecnológicos que presenta. El artista muestra un amplio abanico de estilos y referencias que consiguen trazar con precisión los diferentes universos que visitan los personajes y reflejar a la perfección las personalidades de cada uno de ellos. Es sutil cuando tiene que serlo o extravagante cuando la historia lo pide. 

En definitiva, este primer volumen -de los tres que tiene planeado editar Ecc Ediciones para completar la serie- supone un estupendo punto de arranque para que el lector conecte con una de las obras menos conocidas y, habitualmente más menospreciadas, de Alan Moore. Pura diversión para trasladarnos a una época en la cual todo era más sencillo y el héroe siempre se salía con la suya.

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