ub. la cruz del sur

por Antonio Martínez Tortosa

Hay muchas formas de entender la política y algunas de ellas presentan más problemas que otras. A mí, y este es un prejuicio personal, la literatura política me causa cierto rechazo. Con esto quiero decir que la literatura al servicio de la política, sea del signo que sea, me provoca reparos, porque creo que la escritura no debe estar al servicio de nada, salvo de sí misma. Asumir ese papel la convierte en propaganda, y ambas disciplinas deberían estar separadas de forma clara y distinta. Ahora bien, también es cierto que la literatura —podría decirse de todas las artes— posee cualidades que apelan a nuestros centros emocionales, por lo que funciona de maravilla como transmisora de ideas. La poesía, que tan a menudo cortocircuita nuestro pensamiento racional y golpea de lleno el afectivo, parecería la herramienta más apropiada para este propósito. La paradoja está en que no lo es.

Y sin embargo, es irrefutable aquella proclama feminista de que lo personal es político. El modo en que vemos el mundo condiciona cómo actuamos en él y, por tanto, no puede decirse en ningún caso que tal o cual posición es apolítica, porque incluso ese apoliticismo es una posición política. Desde luego, la mirada de Erika Martínez no cae en esa supuesta, y mal entendida, neutralidad. Su Chocar con algo, recién publicado por Pre-Textos, está cargado de presente, se alza sobre la precariedad y el sentido de desencanto de una generación —la suya y la mía— que no tiene claro qué lugar le ha reservado la Historia. Se podría decir lo mismo de todas, imagino, pero no son muchas las que poseen la certeza de que vivirán peor que la anterior, de que la idea tan cacareada de progreso es falaz y estamos perdiendo lo poco que se había logrado hasta el momento.

Los poemas que leemos aquí están impregnados del olor de lo que rodea a Martínez. En ellos se deja ver de fondo la estructura social que, por utilizar la expresión de Günther Anders, oscurece el mundo. Aún así, la perspectiva no es lúgubre, sino lírica y consciente; sabedora de los acontecimientos históricos que nos han traído a donde estamos, pero también de que dejarse derrotar no es una opción válida. Ni el trabajo, ni el amor, ni la percepción de sí, ni la escritura son tareas fáciles, lo que no significa que deban abandonarse. Al contrario, espolean el espíritu de lucha y alimentan el fuego de la creación. Martínez se nutre de esas dificultades y demuestra, texto tras texto, que sabe extraer de ellas imágenes asombrosas. Ya sea en versículos o en endecasílabos, su control del lenguaje es palpable, pero no podemos entender su dominio formal sin tener en cuenta su contenido.

En ese sentido, el poema «El guardapelo de las poetisas» es esclarecedor. Hace escasos días, alguien me preguntaba por qué digo poeta cuando hablo tanto de hombres como de mujeres, y le hice leer este poema. Aquí Martínez escribe de las poetisas: «¿Qué hacer con su moño resignado y su croché, sus juegos sin apuesta y sus remilgos, con esa manía tan suya de escribir y tirarse de la enagua?» La poetisa representa el arreglo floral, el artificio; encarna la figura dedicada a las naderías en lugar de crear algo de valor. Por eso las poetas llevan colgado el pelo de las poetisas, porque su función no es la misma y, aún con todo, hacen bien en recordar que no siempre ha sido así, que, por el simple hecho de tener unos genitales determinados, durante siglos no han podido hacer lo que se les antojara. Ni siguen pudiendo, y han de luchar por abrirse espacios y conquistar libertades. Esto es aplicable a otros ámbitos por igual. Por eso creo que su obra es profundamente política, para bien. La suya no es política de partido, es política de polis, es afán de transformación. Podría ser la diferencia entre ética y política, si es que dicha diferencia existe. Sea como sea, Chocar con algo es un libro claro y misterioso a la vez, fresco e inteligente. Erika Martínez es una gran poeta.

Anuncios