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por Antonio Martínez Tortosa

El otro día alguien me preguntó qué criterio siguen mis lecturas y solo pude responder con un encogimiento de hombros. Es cierto, no sigo ningún plan. Por eso se ha dado la circunstancia de que en un plazo que no sabría fijar con exactitud, un par de meses, puede que menos, hayan llegado a mis manos tres libros de Sara Mesa; y por llegar a mis manos me refiero a que he leído dos y a que el último caerá en unos días. Esta acumulación se ha debido un poco al azar y bastante al interés por leer a una de las narradoras —aunque también es poeta— más aclamadas del momento, por saber qué tiene ella que no tenga el resto.

La editorial Anagrama acaba de recuperar Un incendio invisible, una novela de 2011 que en su momento pasó desapercibida y cuyo título recoge parte de un verso de Juan Eduardo Cirlot: primer punto para Mesa. En ella se narra la llegada del doctor Tejada como jefe de geriatría a New Life, una residencia para ancianos adinerados situada a las afueras de Vado. Él llega cuando los pocos que aún quedan en la ciudad se preparan para irse, en lo que parece una gran emigración cuyas causas desconocemos, pero de la que sabemos que ha ocurrido en muy poco tiempo. También sabemos que él huye de algo, de su pasado reciente, aunque en realidad no sea tanto una huida como la aceptación de una realidad nueva, una adaptación al nuevo estado de las cosas. La psique de Tejada, New Life y Vado forman un continuo, se reflejan las unas en las ruinas de las otras. Este proyectarse del espacio interior podría emparentar a Mesa con J. G. Ballard.

Si observamos algunos de los elementos que componen la novela encontramos un médico que no ejerce, aunque acude a la clínica donde se supone que trabaja; una clínica geriátrica de lujo semiabandonada; una piscina vacía —imagen recurrente en Ballard y el verdadero disparador de esta comparación—; una niña que vaga junto a un galgo sarnoso y escuálido entre la inmundicia de una ciudad despoblada; un maniquí; un centro comercial donde la apariencia de orden está en pugna contra el caos que se impone inexorable; una gerente de hotel de cinco estrellas que mantiene las tarifas pero no presta los servicios contratados; una urbe desolada, cuyos edificios más modernos muestran los signos de decrepitud en mayor medida que los antiguos; un puerto fluvial de aguas verdes y espesas; el calor reverberante de un verano que ya dura seis meses. La suma de todos ellos genera una atmósfera irreal, casi onírica, en la que los personajes sobreviven por inercia, dejando que los días se acumulen unos sobre otros.

La degradación física y moral a la que se enfrentan Vado y sus escasos habitantes dota de una mayor extrañeza a los restos de normalidad que todavía quedan, como el bar Esturión o la monitora que envían a New Life, cuya vitalidad y cuyo ímpetu resultan grotescos en el ambiente moribundo que la rodea. Hay algo de kafkiano en la OSUPEA y en la reinterpretación que hace su funcionario de las necesidades expuestas por Tejada; y en Benmoussa, agente del EURI, y en su creciente paranoia. La enfermera Ariché es la única que conserva la dignidad y sigue haciendo su trabajo lo mejor que puede, dadas las circunstancias. El absurdo y la claustrofobia que impregnan la novela recuerdan, como la propia Mesa dice en un momento, a una ciudad ante la guerra. Vado es un espacio postapocalíptico, pero producido por un apocalipsis que ya está aquí. Lo más inquietante de Un incendio invisible es su verosimilitud. Igual que ocurre con las novelas de Ballard a partir de los setenta, estamos ante un tiempo indeterminado que bien podría ser un futuro situado dentro de tan solo dos minutos.

Ahora bien, estas similitudes no hacen de Mesa una nueva Ballard, ni siquiera una Ballard mediterránea. Lo que el inglés califica como «muerte del afecto» —la incapacidad para ofrecer una respuesta emocional al entorno— viene provocada por la influencia de la tecnología, mientras que a los personajes de la española les ocurre por desidia, cuando no actúan por simple odio como la Clueca y Catalino. El delirio de Tejada le lleva a preguntarse si en las luces de la Torre Grady existirá algún código que le revele algún significado oculto, pero en el fondo no es más que un vanidoso en busca de crédulos ante los que presentarse como «un gran hombre con una gran misión». Lo que persigue es hundirse. Intenta no sentir, pero permanece sujeto a un pasado que le causa un resentimiento incapacitante. Es cobarde, egoísta y un manipulador despreciable que no aspira a la redención aunque por momentos finja que sí. Sara Mesa explora en Un incendio invisible los aspectos más sórdidos y oscuros de la naturaleza humana, con pulcritud distante y con una precisión entomológica no exenta de lirismo —raro, pero lirismo— ni de un sentido del humor cruel. Si todo el mundo habla de ella es porque demuestra tener una voz particular y original a la que vale la pena prestar atención.

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