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por Antonio Martínez Tortosa

Es inevitable que al pensar en el cuento de terror acuda a nuestra mente la tradición  anglosajona, donde ha gozado de una mayor popularidad y de un mayor desarrollo. Por esa razón quedará siempre asociado a nombres como Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft —y su círculo—, Arthur Machen y, si nos acercamos al presente, Clive Barker o Thomas Ligotti, sin olvidar a Shirley Jackson o a Susan Hill. La última, su parte, ha recuperado las historias de fantasmas de corte victoriano, y recuerdo la impresión que me causó la adaptación teatral de su novela La mujer de negro, interpretada por Eduard Farelo y Emilio Gutiérrez Caba. Esto no significa que en nuestra lengua no exista literatura de terror de calidad, aunque no haya muchos ejemplos. Por mencionar solo clásicos, se me ocurren el español Bécquer —cuyas Leyendas son, en mi opinión, mucho mejores que sus Rimas—, el uruguayo Quiroga o el argentino y casi olvidado Lugones.

También es argentina Mariana Enríquez, a quien descubrí hace muy poco con esa joya que es Las cosas que perdimos en el fuego —del que hablé aquí—, que se convirtió en una de mis lecturas favoritas del año pasado y cuyo relato homónimo es una reinterpretación genial de las historias de brujas, desde una perspectiva de género radical y sobrecogedora. Ahora, tras publicar Las cosas el pasado verano, Anagrama acaba de recuperar Los peligros de fumar en la cama, un libro de 2009 que consta de doce cuentos en los que Enríquez anticipa algunos de los temas y el estilo que desarrollará en el otro libro.

En «El desentierro de la angelita» una niña encuentra un esqueleto en el jardín, pero no ocurre nada destacable hasta diez años después. En «La Virgen de la tosquera» unas adolescentes compiten por seducir a un muchacho mientras se bañan en una cantera convertida en laguna. En «El carrito» un incidente con un mendigo lleva la ruina a todo un barrio acomodado, salvo a una familia. En «El aljibe» una niña que no tiene miedo de nada empieza a sufrir el terror que su abuela, su madre y su hermana ya no padecen, tras la visita a una bruja en Corrientes. En «Rambla triste» una turista porteña visita a unos amigos que viven en el Raval de Barcelona, y allí percibe ráfagas de olores nauseabundos. En «El mirador» una profesora universitaria, abandonada y con problemas emocionales, va a un hotel a pasar sola su cumpleaños. En «Dónde estás corazón» una joven fetichiza las enfermedades cardíacas y pulmonares, y encuentra un amante que no le niega nada y que se presta a todo. En «Carne» Mariela, de diecisiete años, y Julieta, de dieciséis, llevan al límite la adoración adolescente hacia una estrella musical. En «Ni cumpleaños ni bautizos» una muchacha conoce a un joven durante el verano en el que este empieza a filmar vídeos raros por encargo, justo cuando le contratan para que grabe a una alucinada. En «Chicos que faltan» los niños y adolescentes desaparecidos, tanto vivos como muertos, empiezan a reaparecer de repente en los cuatro parques de Buenos Aires. En «Los peligros de fumar en la cama» una solterona se entera de que una vecina paralítica ha muerto al prenderse sus sábanas con un cigarrillo. En «Cuando hablábamos con los muertos» cinco adolescentes juegan con la ouija y preguntan a los espíritus de los desaparecidos por los padres de una de ellas.

De los doce relatos, seis tienen elementos sobrenaturales claros, tres dudosos y los otros tres podríamos calificarlos como de terror realista. Tenemos maldiciones, fantasmas y resucitados, todos ellos motivos comunes del terror. Ahora bien, la maestría de Enríquez reside en su capacidad para combinar los supuestos clásicos con una visión contemporánea, y en la carga ética y política de la que dota a sus historias. Porque sí, lo fantástico tiene importancia, pero no es el fondo de lo que se nos cuenta. Puede que en ese sentido «El desentierro de la angelita» y «El mirador» sean los más tradicionales, aunque el primero sea una auténtica patada en la boca cargada de humor negro. Pero el horror de verdad surge de los conflictos humanos que originan estos fenómenos. Hay historias de celos, de clasismo tiznado de racismo, de envidia, sobre las consecuencias dramáticas que tienen los abusos físicos y sexuales durante la infancia, de obsesiones, de enfermedad mental, sobre el fracaso social que suponen para muchas mujeres la decadencia física y la soledad, y, cómo no, en torno al drama abierto de las desapariciones durante la dictadura militar. Es decir, que el espanto se origina en la cotidianidad de la vida argentina, que tampoco nos resulta tan distante.

Esta vuelta de tuerca —lo siento, pero la referencia a James era inevitable— nos devuelve la realidad vista desde una perspectiva original y sorprendente que la hace grotesca y, al mismo tiempo, demasiado cercana. Esa es la razón por la que estos relatos resultan aterradores. De hecho, debo confesar que a solo un par de páginas del final de «Dónde estás corazón» tuve que cerrar el libro durante unos minutos. Creo que no me había ocurrido nunca antes, y no se me ocurre mejor halago para una historia de miedo. Para colmo, la prosa de Enríquez es rica, vibrante y absorbente. Seguro que el premio Ciutat de Barcelona que acaba de recibir será el primero de muchos. Puede que en conjunto Los peligros de fumar en la cama sea un poco inferior a Las cosas que perdimos en el fuego, pero si tenemos en cuenta que este libro es siete u ocho años anterior al otro, a pesar de que Anagrama haya publicado el viejo después del nuevo, esto solo indica que el nivel va en aumento. Su talento es indiscutible. Esta mina escribe recontrabien. Por lo que más queráis: leed a Mariana Enríquez.

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