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por Antonio Martínez Tortosa

Que existe una fascinación hacia lo oculto, y que esa fascinación tiene un carácter transversal, es una verdad indiscutible. No hay más que observar la relevancia que han ido adquiriendo en los últimos años las teorías de la conspiración —la bien llamada conspiranoia— para darse cuenta de que el secretismo forma una parte esencial de la cultura contemporánea. Por poner un ejemplo, no existe atentado terrorista para el que no abunden las explicaciones alternativas que lo califiquen como un ataque de falsa bandera que tendría como fin, qué sé yo, cambiar el rumbo político de un país, imponer o prolongar un estado de excepción, o aumentar el control sobre la ciudadanía con el pretexto de garantizar su seguridad.

Aún más, las sospechas de que existen vínculos entre las élites políticas y económicas y las sociedades secretas genera cantidades ingentes de literatura en torno a grupos tan célebres como el grupo Bilderberg, los Illuminati o los masones, pero también a los no tan conocidos Skull & Bones o Bohemian Club; por no mencionar el interés que despiertan organizaciones religiosas como el Opus Dei o el Yunque. Los argumentos son siempre los mismos: alguien maneja los hilos desde las sombras, y la ciudadanía se ve reducida a una simple masa manejada al antojo de esos titiriteros, que la mueven hacia aquí o hacia allá según sus propios intereses, ya sean económicos, políticos o espirituales. Esta idea general del gobierno en la sombra es útil en primer lugar porque proporciona un enemigo, un «ellos» al que hay que temer y odiar a partes iguales; en segundo lugar, porque dota de sentido a un mundo de apariencia caótica. En realidad, todo responde a la voluntad de esa élite oculta y omnipotente que inquieta y tranquiliza al mismo tiempo, porque si hay un plan puede ofrecerse resistencia.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si esos grupúsculos clandestinos estuvieran formados por gente humilde y no pretendieran controlar la población sino liberarla? Servando Rocha explora esta posibilidad en su novela La Horda. Una revolución mágica, recién publicada por La Felguera —editorial que lleva a cabo uno de los proyectos más interesantes del panorama nacional y que ofrece volúmenes como este, de gran atractivo visual gracias a variaciones tipográficas, ilustraciones y páginas en negro, aunque se beneficiaría de una corrección más a fondo—. Se trata de un texto encontrado, parte del conocido como Manuscrito Morgana, llamado así en referencia a su autor, que desapareció tras la explosión de su apartamento de Londres en 1983. Entre sus paredes calcinadas y que apestan a azufre se descubre una caja de metal ignífuga, dentro de la cual se encuentran los numerosos documentos que conforman el manuscrito. En ellos se relatan ciertos hechos acontecidos en el convulso París de 1623, año de la aparición de los dos primeros manifiestos rosacruces franceses. Mientras Europa se enfrenta en lo que más tarde se conocerá como la Guerra de los treinta años, en París aparecen una serie de pintadas que llaman a la insurrección y a la anexión a los Invisibles. Al mismo tiempo, se acumulan los cadáveres de clérigos, cuyos cuerpos se utilizan para enviar un mensaje a quien sepa entenderlo.

Andreas y su célula invisible están en guerra contra la Iglesia católica y al grupo de los Despiertos, y forman parte de esa corriente de místicos revolucionarios que prolifera tras la Reforma, pero que se remonta hasta los primeros cristianos. Esta unión entre lo religioso y una política radical puede parecer sorprendente, pero no lo es; y no estoy hablando de Cristo como líder sedicioso porque, en sentido estricto, nunca llega a romper con la ley judía. Pero desde su muerte existen grupos de creyentes que pretenden traer el reino de Dios a la Tierra, hecho que terminaría con todas las relaciones de sumisión y traería la comunidad de bienes. En otras palabras, rezan y luchan por una utopía anarquista. La Horda sería el conjunto de sectas que unen lo espiritual a lo político y que aspiran a la fraternidad universal, aunque en ocasiones deban recurrir a métodos expeditivos como el sabotaje o los asesinatos, a alianzas con el hampa o la perpetración de actos terroristas.

Lo cierto es que el material es tan jugoso que daba para más, pero no estamos ante un mastodonte de la erudición como es El péndulo de Foucault, algo que para la mayoría será una virtud. La horda es otra cosa, aunque también trata de una conspiración global. Sin embargo, no puedo evitar pensar que Rocha no ha explotado hasta el límite las posibilidades que ofrecía dicho material —porque sabe de lo que habla—, que es una lástima que no haya alcanzado la masa crítica que transforma una novela entretenida en una gran obra. Puede que la falta de concreción —que nombres como Thomas Müntzer, William Blake o William S. Burroughs; y organizaciones como los Furiosos Heroicos, la Garduña o la Hermandad del Espíritu Libre aparezcan de pasada— manifieste por afinidad, según las leyes alquímicas de la correspondencia, la naturaleza esquiva de la Horda, pero siento que se ha perdido una magnífica oportunidad de recuperar el carácter subversivo que ha caracterizado a buena parte de los grupos místicos y movimientos milenaristas durante siglos, y cuya influencia se extiende hasta lugares insospechados. No es un mal libro, pero podría haber sido mucho mejor.

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