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por Pep Gimenez

Los primeros amores, las dudas, el coraje y la osadía propias de la juventud, vivir nuevas experiencias, las primeras desilusiones…Todo es parte de ese proceso tan difícil, y la vez emocionante, que es madurar y convertirse en un adulto que se respete, mínimamente, a sí mismo. Por supuesto, también, podemos tener la ayuda de unas cuantas canciones de Rivers Cuomo para hacer más llevadero el camino.

Después de su primera novela, “Canciones punk para señoritas autodestructivas” (Das Kapital, 2011), el escritor chileno Daniel Hidalgo público el año pasado “Manual para robar en el supermercado” (Editorial Hueders), una historia que nos muestra el siempre complicado paso de la adolescencia a la madurez desde un punto de vista lleno de sentido del humor; pero sin renunciar, a su vez, a cierta melancólica, furia y, sobre todo, sensación de fragilidad que conecta con el lector desde el primer párrafo….Y todo ello redondeado con una fantástica “banda sonora”.

Estamos ante un excelente libro que merece ser descubierto en nuestro país, y con un interesante autor que seguramente nos dará más alegrías en el futuro. Hemos hablado con Daniel Hidalgo sobre su novela, el movimiento okupa, algo de rock chileno o la importancia de cierta banda llamada Weezer:

¿Cómo nace la idea de escribir “Manual para robar en el supermercado”?. Primeros amores, ska, casa okupas, rock… ¿Cuánto de autobiográfico podemos encontrar en ella?

La idea nació exactamente en junio de 2011, con las manifestaciones de los estudiantes chilenos, que desplegaron una organización a nivel nacional exigiendo que se abandonara el lucro descarado que se venía desarrollando en la educación en todas sus vertientes, ideado en dictadura y avalado por todos los gobiernos supuestamente democráticos que vinieron después. Protestas y tomas de colegios con las que la sociedad sintonizó mucho y de la que se hicieron parte masivamente y lo que obligó al Estado a reconocer el problema y presentar hoy un parche que no va a ninguna parte, pero ese es otro tema. Yo trabajaba de profesor en un colegio privado con subvención pública y cuando los muchachos decidieron tomárselo, querían que sus profesores los apoyaran haciéndose parte de esta dinámica, haciendo talleres fuera de las salas, en el patio. Yo realicé una suerte de charla, con la idea de incentivarlos a hacer arte con esta experiencia, de escribir, de rapear, de pintar. Me vi con la dificultad de plantearles las diferencias de mi generación con la de ellos: mientras ellos exigían educación gratuita y pública, mi generación exigía más derechos a endeudamiento, por medio de los créditos bancarios con aval del estado, hacerse, digamos, parte de la distribución de la torta del consumo. Obviamente, para darle forma a esta idea en una historia, tomé mucho de mi propia experiencia, pero también de amigos, o ex compañeros de universidad. De mi fascinación por el rock de aquellos años, por los conciertos punk, por cómo hicimos del rock un modelo de producción, de vida, para sobrevivir. Lo que sigue es lo de siempre: tomar esa experiencia mínima y exagerarla y desvirtuarla hasta volverla ficción.

La historia comparte temas con tu anterior libro “Canciones Punk para Señoritas Autodestructivas”. Sin embargo, ¿Qué diferencias podemos encontrar entre ambas? ¿El Daniel Hidalgo de “Manual para robar en el supermercado” es muy diferente de aquel que escribió su anterior obra?

Tenía intenciones distintas, si bien algunas temáticas y hasta personajes se relacionan, para “Canciones Punk” trabajé con lo grotesco, con un bestiario personal y urbano, experimenté con los límites de la violencia, la rabia y la frustración en diversas manifestaciones, con la idea de la periferia como un lugar salvaje y violentado históricamente, los personajes de este libro de cuentos, son monstruos heridos, creados por un contexto que de por sí los hace caricaturas. En cambio, para “Manual” quise probar con el realismo de la forma más descarnada posible, quería que sus protagonistas, Manuel y Lucy, chorrearan sangre en cada página, que hubiera carne humana en su historia, que se descuartizaran, que a mí me doliera escribirlos. Desde ese punto de vista ya son distintos aunque quiero creer, también, que escribir es como un oficio o un deporte, y que he mejorado mi escritura entre un libro y otro, y que mi obsesión con las historia y personajes se desborda cada día más, aunque conservo las mismas ganas de entretenerme escribiendo.

“Manual para robar en el supermercado” esconde un retrato visceral y apasionante de ciertas relaciones amorosas que tienen lugar en nuestra juventud. Creo que es un peaje emocional que tenemos que pagar para ir madurando poco a poco. Con el paso del tiempo ¿cómo ves y recuerdas esos primeros amores?

Afiebrados, inexpertos, alucinados, ingenuos, salvajes. En “Manual” la idea era que su protagonista se fuera desarmando, de principio a fin. Convertirse, finalmente, en algo que no sé si es bueno o malo, pero se podría entender bien como una idea de madurez. Es, en cierta forma, el incendio de la utopía.

También ofrece un retrato muy fiel de lo que significa vivir en una casa okupa. ¿Cuál ha sido tu experiencia dentro de este tema?

Ha sido más bien una propia ocupación simbólica de una okupa. Antes de ponerme a escribir historias, las cantaba, tenía bandas de rap, de rock, de funk, de ska, de punk rock, de cumbia, en distintas instancias y a veces hasta todas juntas, y desde esa trinchera participé del colectivismo y me sentí tan parte como crítico de las dinámicas que en él se daban. Tengo buenas historias de okupa, en donde afiebrados por el calor del alcohol, la yerba, la coca y el rock, se olvidaban todos los discursos que en realidad nos convocaban y, de hecho, recuerdo que la última vez que toqué con mi banda Matilde Calavera fue en una célebre okupa de Valparaíso, en que a la gente no le gustó lo que hacíamos, más movidos por la escena anarco punk y hardcore convencional, caricaturesca, y terminaron marchándose cerca de cien personas dejándonos solos a nosotros que en ese entonces éramos tres y unas computadoras haciendo como que tocábamos cumbia.

Te quería preguntar sobre “Las desagradables aventuras del Niño Vomito”. ¿Para cuándo un spin-off del personaje?, ¿de dónde surge la idea de incluir esta mini historia en el libro?, parece un divertido homenaje a ciertos fanzines y cómics undergrounds.

Quería que fuera muy desagradable pero la verdad es que también me encariñé con la idea de un comic protagonizado por un niño super héroe cuyo super poder es vomitar de forma sobre humana. Lo puse porque quise emular cierto humor de las caricaturas gringas y creo que llegué a mezclar bien algo así como Ren & Stimpy con Robert Crumb, las franquicias y el comic independiente, que obviamente me han salvado la vida ambos.

Valparaíso también se convierte en otro personaje más de libro. ¿Qué es lo que más te fascina de esta ciudad y lo que más te repele?

Yo creo que me fascina la sencillez de la gente que habita los cerros, los cerros de verdad y no los bonitos que han sido gentrificados por los pijos artistas, que son muy pocos en todo caso, pero sí muy nocivos en términos culturales e identitarios. Pero la sencillez de la vida de los cerros, de caminar, de saludarse con el vecino, algo que ya no veo desde que vivo en Santiago. Lo que más odio de Valparaíso es la injusticia, el saqueo cultural, la violencia que ejercen los gobiernos sobre él, manteniéndolo en el desamparo y en la exhibición grotesca, odio a los viejos fascistas del puerto, a los artistas de cartón, llenos de retórica y carentes de obra, odio el olor a muerte del mercado.

La música tiene una gran importancia en “Manual para robar en el supermercado”.  A la hora de crear historias, ¿ya tienes en mente una especie de banda sonora o playlist de canciones determinadas?

Sí, escribo mis historias a raíz de lo que me provoca cierta música. Me ayuda a entender a los personajes, a moldear el contexto, a tratar de traducir esas sensaciones tan profundas que te provoca la melodía y las imágenes, los ritmos, normalmente armo el playlist al principio y luego se agregan cosas y se quitan otras, como cuando eres dj y anfitrión en tu propia fiesta y dejas correr una lista.

Sin embargo, la referencia musical más importante gira alrededor de “Pinkerton”, la obra maestra de Weezer. ¿Cómo de esenciales han sido las canciones de Rivers Cuomo para la gestación de tu libro?

Me interesa demasiado Rivers Cuomo. Esa idea del chico nerd y condenado al abuso por el sistema escolar norteamericano, enamorado de chicas imposibles, líder de una banda profundamente emocional y perdedora, que de pronto algo le sucede, se obsesiona con ser exitoso, se opera el cuerpo, tenía una pierna más corta que otra, no soporta las malas críticas de su segundo disco y decide retirarse a estudiar literatura en Harvard, estudia por su cuenta la estructura de las canciones de Nirvana, de Green Day, de los Beach Boys, para entender su éxito en las radios, estudia a Hitler y a Mussolini para saber cómo controlar a las masas y volver a estar en los charts, convertir a Weezer en una banda exitosa a nivel global. Se vuelve un cuarentón que sigue hablando de chicas imposibles y sin embargo, pienso que es un genio amante del lenguaje mismo de las canciones. “Manual” es una canción de Weezer, descontextualizada y deformada.

También te quería preguntar sobre varios grupos chilenos que se mencionan en el libro, y que, desgraciadamente, no conocemos en España. ¿Qué nos puedes decir de Los Christianes, Chancho en Piedra, Pánico o la canción “We are Sudamerican Rockers”?

De Los Christianes te puedo decir que fueron un one hit wonder, que sonó mucho durante un año completo en radios de diversas audiencias y géneros, con su tema “Mírame solo una vez”, que es como una balada cósmica oriental, su líder era Cristián Heyne que posteriormente se convirtió en el gran productor del pop chileno, trabajando con Javiera Mena, Gepe, Astro, con casi todos. De Chancho en Piedra debo decir que marcaron toda mi adolescencia, fueron la banda de la clase media en Chile toda la segunda mitad de los noventas, su disco La Dieta del Lagarto debe ser una joyita dentro del rock latinoamericano, con mucho funk, actitud e irreverencia. A Pánico los adoro, fueron como nuestros Pixies en un comienzo y luego se volvieron a Francia, lugar en el que pasaron su infancia, para experimentar con otros sonidos. Y de “We are Sudamerican Rockers” debo decir que es la canción que inauguró MTV Latinoamérica, y es de la banda imprescindible del rock chileno, Los Prisioneros, cuyo líder Jorge González es un genio de una lucidez y una ironía insuperable, y que fueron nuestros Clash, y nuestros Depeche Mode posteriormente, y que de alguna forma canalizaron todo lo que había que hacer cuando tienes una banda de rock.

Y para finalizar ¿Cómo ves actualmente el panorama literario en tu país?, ¿Qué otros escritores actuales nos recomendarías para conocer y adentrarnos en la literatura chilena actual?

Creo que la narrativa chilena está pasando por su mejor momento. Existe una cantidad de autores muy variada. Recomiendo a ojos cerrados a Diego Zúñiga, Álvaro Bisama, Simón Soto, Paulina Flores, Marcelo Mellado y Nona Fernández entre muchos, muchos otros.

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