9788494552649

por Antonio Martínez Tortosa

Es curiosa la relevancia que tiene la literatura japonesa en la cultura occidental, más aún si tenemos en cuenta que es un país minúsculo en comparación con, digamos, China o India, que aunque solo sea por estadística deberían tener un peso mucho mayor. Aún dejando de lado los grandes nombres —como Tanizaki, Mishima o Kawabata—, son unos cuantos los que vienen a la mente sin apenas esforzarse: el eterno aspirante al Nobel Haruki Murakami, su tocayo Ryu, cuya obra es mucho más oscura y violenta, la melancólica Banana Yoshimoto, la provocadora Hitomi Kanehara, la sorprendente aunque después decepcionante Natsuo Kirino

No creo que sea demasiado arriesgado decir que los dos escritores japoneses vivos más importantes son los dos Murakamis —que aquí Ryu no sea demasiado conocido no significa que allí no lo sea, donde es una estrella mediática y forma parte de los jurados de premios tan prestigiosos como el Akutagawa—; ni que si alguien se les acerca, esa es Yoko Ogawa. Con fama de trabajadora incansable y reservada, ha publicado desde finales de los 80 decenas de trabajos de ficción y de no ficción. Ha ganado el premio Kaien, el Akutagawa o el Tanizaki entre otros. Se ha labrado una reputación como escritora seria —cosa aún difícil para una mujer en Japón— y en 2004 se abre hueco entre los autores más vendidos con La fórmula preferida del profesor. Esta novela, como El embarazo de mi hermana, Perfume de hielo o La niña que iba en hipopótamo a la escuela, entre otras, está publicada en castellano por la editorial Funambulista.

También este Lecturas de los rehenes, una colección de relatos en la que un grupo de ocho japoneses secuestrados en un país extranjero describe algunas experiencias que han marcado sus vidas. El libro abre con una pequeña introducción que explica las circunstancias que llevan a los secuestrados a contar unas historias que han podido hacerse públicas gracias a los micrófonos instalados por la policía: llevan más de tres meses encerrados en una cabaña de montaña cuando deciden escribir y después leer en voz alta para los demás algún recuerdo importante, no tanto por las consecuencias que ha tenido en su vida profesional o amorosa, sino porque consiguió cambiar su visión del mundo.

En «El bastón», una niña ayuda a un aprendiz de herrero que se ha dañado un pie al caerse de un columpio. Años más tarde, ella sufre un grave accidente de coche y se destroza el mismo pie, que se le cura de forma milagrosa después de que aquél herrero se le aparezca durante el coma. En «Las galletas Eco» una repostera cuenta la relación que mantuvo con su casera, una anciana mezquina y obsesionada con el orden, cuando trabajaba en una fábrica de galletas. En «La sala B de reuniones» un hombre de vida anodina empieza a asistir a una sala de reuniones del centro social de su barrio, sin que le importe quién se reúna. En «El lirón que hibernaba» un joven se encuentra en tres ocasiones con un anciano que vende peluches artesanos —y no muy bien hechos— de animales peculiares. En «La virtuosa del consomé» un niño de ocho años se queda solo en casa una tarde, y la hija de la vecina le pide permiso para usar su cocina durante tres horas. En «El joven lanzador de jabalina» una viuda cuarentona rompe diez años de rutina oficinista cuando a su vagón de metro se sube un joven con un estuche larguísimo. En «La abuela difunta» una mujer narra cómo, a lo largo de su vida, muchos extraños se le han acercado para decirle que les recuerda a sus respectivas abuelas ya fallecidas, siempre de modos y por causas distintas. En «El ramo de flores», cuando un cliente le regala un ramo como agradecimiento en su último día de trabajo en una sastrería, un joven recuerda algo que ocurrió en su infancia. Inspirado por las lecturas de los rehenes —aunque no entiende una palabra de japonés—, el agente encargado de la vigilancia de la cabaña decide relatar la primera vez que vio a un extranjero, cuando unos entomólogos, también japoneses, fueron a su casa a oír la radio, en «Las hormigas cortadoras de hojas».

Como se ve, no hay ningún acontecimiento capital, sino hechos que no difieren mucho de la cotidianidad. ¿Por qué deciden, entonces, contar esos y no otros? Porque se encuentran retenidos contra su voluntad, enfrentados a un peligro latente, y todos y cada uno de sus relatos aportan un poco de calidez. Se trata de muestras de fe en los pequeños actos de la humanidad, la mayoría de ellos fortuitos. Son momentos en los que los narradores establecen una conexión con otras personas; son bondades inesperadas. Esas conexiones destacan más aún por la distancia que Ogawa desliza en los relatos, por el desapego que pone en boca de sus narradores. Me asombran los pocos elementos que le hacen falta para definir la psique de sus personajes y alcanzar una profundidad sorprendente para las relativas frialdad y distancia que demuestran sus narradores. Creo que por ese motivo estas Lecturas de los rehenes resultan tan entrañables y proyectan una ternura tan imprevista. Ogawa ofrece en estos nueve cuentos su cara más amable. Su prosa sutil y delicada tiene una virtud añadida: invita a leer más de sus libros.

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