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por Guillermo Beltrán

Vuelve la saga espacial más grandiosa del universo del cómic europeo. Tras el “Incal” y la “Casta de los Metabarones”, el autor chileno Alejandro Jodorowsky cede las labores del guión a Jerry Frissen, autor especialista en ciencia ficción y lucha libre, quien retoma las aventuras del guerrero cósmico definitivo. 

En esta nueva serie nos encontramos con un Metabarón que, cansado de los avatares de la guerra, se ha retirado a los confines de la galaxia. Sin embargo, deberá ponerse de nuevo en marcha destino al planeta Mármola, único lugar del universo donde se produce la Epifita, un elemento indispensable para los viajes interestelares y que tendrá que conseguir para alimentar el combustible de su invulnerable astronave. Este movimiento pondrá en alerta al Tecnoimperio que ve en el Metabarón una seria amenaza para sus intereses y supervivencia; así que enviarán hacia Mármola al tecnoalmirante Wilhem-100, un sádico y sanguinario militar que tendrá que hacerse cargo del planeta y garantizar la conservación de su preciado material. 

Al igual que en las series escritas por Jodorowsky, la influencia de “Dune” en esta nueva serie es más que palpable, pudiéndose encontrar tanto en el planteamiento como en los detalles multitud de elementos que recuerdan a esta obra. Así tenemos esa Epifita que equivaldría a la Especia del planeta Arrakis o al tecnoalmirante que bien podría ser un trasunto del barón Vladimir Harkonnen. Esto podría restar al relato algo de originalidad, sin embargo, la capacidad de Frissen para desarrollar una trama amena y llena de tensión hacen que disfrutemos al máximo de esta buena dosis de ciencia ficción. A pesar de que esta nueva serie está asentada en la continuidad del personaje, es perfectamente accesible para cualquiera que se introduzca por primera vez en el universo del Metabarón. El autor se encarga de explicar todo lo necesario para entender la situación y las motivaciones de cada uno de los personajes, integrando bien las explicaciones en la trata propuesta. Esto le permite mantener un buen ritmo narrativo, situar a todos los actores en su lugar concreto de la obra y proponer un interesante giro en los acontecimientos que abre las puertas al apasionante desenlace del ciclo que veremos en el siguiente álbum de la serie. A pesar de que este primer número se centra más en la presentación de los enemigos que el Metabarón tendrá que hacer frente, no está exento de pequeñas dosis de acción que mantendrán el interés y la emoción a lo largo del relato. 

De todas maneras, si por algo destaca esta obra es por el excelso trabajo que el dibujante Valentin Secher ha realizado a la hora de llevar al papel el rico cosmos que Metabarón nos propone. El listón artístico de una saga que ha contado con los lápices de auténticas leyendas como Moebius o Juán Giménez es altísimo, casi imposible de superar. Sin embargo, las viñetas que nos ofrece Secher no tienen nada que envidiarles. Con un estilo que cuida al máximo los detalles y una representación formal cercana al foto-realismo, los pinceles de Secher nos transportan directamente a lo más profundo del hiper-espacio, llegando a conseguir que creamos que de verdad nos encontramos en una de sus fantásticas naves. El diseño de los personajes, escenarios, máquinas y mundos es absolutamente espectacular; además el mimo con el que están tratados hace que parezca que podemos palparlos y manipularlos como si de un objeto real se trataran. El artista presenta una puesta en escena muy cinematográfica, con abundancia de viñetas horizontales que aportan una gran sensación de amplitud y profundidad de campo. Asimismo, el tratamiento del color y los estupendos juegos de luces y sombras hacen que la obra se llene de vida, creando la perfecta ambientación para esta ópera espacial. 

Este álbum y su continuación suponen el primero de cuatro dípticos que formarán el conjunto de una serie que, visto su excelente punto de partida, promete regalar momentos llenos de gozo y diversión a todos los aficionados a la ciencia ficción y al noveno arte.

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