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por Antonio Martínez Tortosa

Es raro que alguien lea la obra de un autor por orden cronológico. En mi caso, la primera noticia que tuve de Manuel Vilas fue con Gran Vilas (2012). Después, leí Amor: poesía reunida, 1988-2010 (2010) y más tarde El hundimiento (2015). Todos ellos están publicados por Visor, que acaba de editar su Poesía completa (1980-2015). En este tomo se recogen, además de los poemarios ya mencionados, El sauce, escrito cuando tenía solo diecisiete años, seguido de unos Primeros poemas escritos entre 1988 y 1998. También aparece por primera vez Materia (2013), escrito entre Gran Vilas y El hundimiento. A esto se añaden dos prólogos del autor: el que escribió para Amor y uno preparado para esta edición.

El hecho de tener toda su obra en un mismo volumen permite abordarla de distintas formas. Pueden leerse los poemas de forma aleatoria, o hacer lo mismo con los poemarios. Pero si se hace de forma lineal se descubren tres grandes fases en la construcción de Vilas como poeta. Sus primeros poemas tienen el carácter propio de los textos de aprendizaje y de la juventud. Están impregnados de un espíritu romántico o tardorromántico que irá desapareciendo poco a poco. En El cielo (2000) se gesta la formación de ese Vilas personaje que eclosionará más de una década después en Gran Vilas.

Que El cielo, Resurrección y Calor aparecieran reunidos bajo el título Amor no es ninguna coincidencia, porque el amor es el sentimiento que los une. Pero que no se me entienda mal. No se trata de lo que podría pensarse ante la expresión «poemas de amor». Eso no está aquí —algo hay, pero no es lo esencial—. Ese amor del que habla Vilas es un amor universal; se dirige hacia sus amantes, claro, pero también hacia sus padres, hacia las camareras de los bares, los chicos de las gasolineras o los peajes de autopista, los botones de hotel, hacia los pueblos de Aragón… Ese amor está expresado en un tono jocoso e irónico, pero también está afectado por las dificultades de la vida, por la falta de dinero y el abuso del alcohol.

Todo esto estalla en Gran Vilas, donde ese Vilas al mismo tiempo personaje y voz lírica se convierte en profeta de dicho amor universal. En el poema que abre el libro, titulado «Amor», leemos:

«Vilas quería ser un santo, tenía esa marcha.

Toda la mañana y toda la tarde estuvo quemando su dinero.

Miró la atmósfera y se estaban abriendo los palacios celestiales.

Estaba enamorado de sus semejantes.

Nunca vimos a nadie tan enamorado.»

Pero la cosa cambia en El hundimiento, que es un poemario mucho más oscuro, más doloroso. Sigue habiendo ironía y momentos divertidos, eso sí, pero la precariedad, la alienación, el desencanto profundo que le provoca la sociedad española, las muertes de su madre y de sus ídolos, todo ello ha hecho mella en un Vilas que se muestra más sombrío que nunca.

Su poesía está aferrada a la realidad, no se pierde en metafísicas ni en alardes estilísticos, pero se las arregla para mostrar una sensibilidad notable. Desde su experiencia personal nos habla a quienes le leemos, que no podemos más que reconocer, al menos en parte, la familiaridad de nuestras experiencias. La vida es odiosa y admirable, muchas veces al mismo tiempo. Todo eso está aquí, en esta Poesía completa (1980-2015).

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