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por Antonio Martínez Tortosa

Ahora que Cronenberg no es Cronenberg, quienes disfrutábamos de sus temas personales nos vemos en la necesidad de buscar en otros lugares lo que antes encontrábamos en sus películas. Porque es evidente que sus últimas obras no tienen ese  «no sé qué», aunque toquen algunos de los mismas asuntos. Parece que ha perdido su identidad, o al menos que esta se ha desdibujado. Con esto no quiero decir que ahora haga malas películas, porque eso sería una estupidez; el problema no es ese: es que las podría haber dirigido cualquiera. No son cronenbergianas.

Tampoco es necesario remontarse a sus historias de ciencia ficción y terror corporal más gráfico —a la celebérrima Nueva Carne— para reconocer su sello. En ese sentido, puede que Inseparables sea, junto a Videdrome, su obra maestra. Es una película turbia, claustrofóbica y perturbadora, en la que la medicina, el sexo y la locura se entrelazan hasta hacer de la realidad algo irreconocible.

Pues bien, Consumidos es su primera novela —recién publicada por Anagrama—, y esa descripción de Inseparables podría aplicarse a ella sin problemas. Aquí nos encontramos con Nathan y Naomi, una pareja de reporteros adictos a la tecnología que emprenden investigaciones separadas y que terminan, como no podría ser de otra manera, mezclándose. Él está especializado en temas médicos, y viaja a Budapest para realizar un reportaje sobre el polémico doctor Molnár, quien inyecta a una enferma de cáncer de mama decenas de pequeñas esferas de titanio radiactivo. Allí Nathan contrae una ETS desaparecida, y viaja a Toronto para encontrarse con el descubridor de dicha enfermedad. Por su parte, Naomi está en París, investigando el asesinato, descuartizamiento e ingestión caníbal de Célestine Arosteguy por parte de su marido, Aristide. Se trata de un matrimonio de filósofos profesores en la Sorbona, conocidos por su crítica al capitalismo y por las aventuras sexuales que establecen con algunos de sus alumnos. Son una especie de Sartre-Beauvoir escandalosos y posmodernos.

El «caso Arosteguy» conforma la parte más importante y provocadora de la novela. El matrimonio pone en juego los tres grandes significados del consumo: por un lado, el proceso de frustración continua de la sociedad capitalista en el que están inmersos los periodistas; por otro, el consumo de carne humana como el último tabú, como el acto más atroz que cabe imaginar; por último, la consunción que la enfermedad —física como el cáncer, psíquica como la apotemnofilia o parasitaria, como una colonia de insectos anidada en un pecho izquierdo—provoca sobre los cuerpos. Pero no solo eso. El relato confesional de Aristide saca a la luz la dificultad de establecer límites entre la realidad y la ficción, entre los intereses particulares del entrevistador y del entrevistado, y la importancia de que el relato sea interesante más allá de su veracidad.

A partir de estos dos puntos de origen, Cronenberg construye una trama ágil e inteligente en la que aparecen, esta vez sí, sus obsesiones más reconocibles, aquellas que funden los males de la carne, la psique y la sociedad. La influencia de Ballard es más que evidente, pero a estas alturas no debería sorprender a nadie. En 2012 Brandon Cronenberg escribió y dirigió Antiviral, una película en la que las empresas farmacéuticas cultivan y venden cepas de enfermedades padecidas por famosos, un argumento tan ballardiano que podría haberlo filmado su padre. Ahora nos llega la primera —y esperemos que haya más— novela de David. A los fans de Cronenberg: aún queda esperanza.

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