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Un relato de Ramblin Matt (Músico y componente de Sara Gee & Ramblin´ Matt)

Tommy se encontraba sentado en su lugar habitual en la taberna de Harry. Harry´s Bar and Grill era un tugurio que había conocido tiempos mejores situado desde hacía más de cuarenta años en la esquina donde confluyen la Avenida Western con la Roosevelt, justo en la parte de atrás del callejón contiguo al garaje y desguace de vehículos perteneciente desde hacía unos años a una pareja de hermanos mejicanos procedentes del estado de Guanajuato. Tommy recordaba como en los años siguientes al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando él junto a otros muchos chiquillos también huérfanos habían llegado a la ciudad de Chicago hacía en esas Navidades veinticinco años, en el lugar que ahora ocupaba el garaje se encontraba uno de los enormes mataderos de reses que antaño poblaban el Suroeste de la ciudad y se encontró rememorando los días en que acompañaba por esas mismas fechas a las monjas del orfanato a recoger los pavos donados por la empresa todos los años.Tommy alzó la vista hacia la ventana del bar y se fijó en el letrero de neón luminoso del garaje que informaba al público que se hacían revisiones y arreglos de “moflas y breikas”. Putos mejicanos estaban corrompiendo el idioma inglés que a él tanto trabajo le había costado aprender con sus combinaciones de palabras en español e inglés, el “spanglish” masticado entre ellos y que desde hacía unos años parecía estar por todas partes en el barrio.

Estaba nevando en la ciudad del viento y entre trago y trago de Miller Lite Tommy podía contemplar la decoración navideña adornando la iglesia bautista al otro lado de la calle, recordándole que un año más iba a pasar las Navidades en soledad. El verdadero nombre de Tommy era Stanislaos pero todo el mundo le llamaba Tommy debido al leve tartamudeo que le afectaba, particularmente cuando estaba nervioso o borracho que era casi todos los días, tan similar sobre todo si la palabra empezaba con una “t” al ruido de las metralletas Tommy Gun famosas en el mundo del hampa de Chicago desde que se convirtiera unas décadas atrás en el arma predilecta de las mafias de esa parte de la ciudad. El Bar de Harry de cierto era un tugurio pero era como una segunda casa para él que siempre ocupaba el mismo taburete asentado al final de la barra, bajo la ventana por la que ahora miraba al grupo de vagabundos que se calentaban las manos en una hoguera hecha en un barril vacío de aceite mientras se pasaban una botella envuelta en una bolsa de papel de estraza, al otro lado del parking de la iglesia. La vida en la gran ciudad puede ser muy monótona, particularmente cuando vives solo y tu única preocupación en la vida es asegurarte de que el cheque y los cupones de comida lleguen a tus manos con regularidad cada quince días. A Tommy le suponía unas cuantas visitas y reconocimientos médicos en el hospital de veteranos para certificar que seguía aquejado de estrés post-traumático desde que regresó de una campaña en Saigón y Quin-Lan servida durante dos años y cuatro meses que le había dejado de recuerdo la serie de horrendas pesadillas que venían atormentándole desde su regreso de Vietnam a América. América, el país que le había acogido con los brazos abiertos cuando solo tenía tres años y había sido enviado a Chicago junto a muchos otros huérfanos como él procedentes de su Checoslovaquia natal al haber perecido sus familias en los campos de concentración Nazis.

Tommy recordaba con claridad diáfana la conversación que había tenido con Harry en ese mismo lugar aquella tarde del caluroso verano del año sesenta y siete en la que había decidido alistarse. Lo había hecho en parte para devolverle el favor al país que le había acogido pero también ilusionado ante la oportunidad de abandonar la vida solitaria y carente de emociones que llevaba en Chicago, sobreviviendo gracias a una lista interminable de empleos baratos tan solo iluminada en las noches que se animaba a llevar a casa a una de las muchas zorras que pululan permanentemente por la esquina de la Roosevelt donde esta se cruza con la Cermack. Harry con su buen juicio habitual, característica que todos los buenos Barman comparten, le había aconsejado que no lo hiciera. Le había dicho que cogiera la maleta y se largara a la soleada California, punto de destino de todos los jóvenes descontentos del país en aquellos días. Pero el verano del amor era tan solo un lejano concepto en fría ciudad de Chicago y la música que venía de la costa Oeste no era del agrado de Tommy que prefería los sonidos eléctricos del inner-city Blues con los que había crecido. Rememoraba con nostalgia los días que vivía en el orfanato teniendo Tommy unos nueve años y cada semana un hombre de raza negra conduciendo un Cadillac El Dorado rojo con relucientes anillos de oro en todos los dedos de las dos manos solía hacer la ruta de los comercios cercanos a la institución, situada cerca del Hospital Van Buren en la esquina de la calle del mismo nombre con la Avenida Kedzie, repartiendo cajas de discos de 45 RPM recién prensados cuyos intérpretes tenían nombres tan pintorescos como Muddy Waters, Howlin’ Wolf o Sonny Boy Williamson. Rodajas sónicas con sus características etiquetas a cuadros blancos y negros semejando a un tablero de ajedrez que pronto estaban a la venta a sesenta y cinco centavos de dólar cada uno en las estanterías y escaparates de las tiendas de comida, licorerías y ferreterías cercanas. El dueño de la tienda de licores que venía los jueves a traer el vino de la comunión para la parroquia le contó un día que los dueños de la compañía que los publicaba eran unos hermanos checos, o polacos que como el habían llegado a América huyendo de la guerra en Europa lo cual ayudó para que se identificara con la música que surgía como magia de los surcos. Tommy nunca tuvo dinero para comprarlos hasta que no consiguió su primer empleo de limpiabotas al cumplir los doce años pero si que disfrutaba escuchando la música del diablo bajo las sábanas en el aparato de radio que le había regalado una de las hermanas hasta altas horas de la noche, en las que se quedaba dormido albergando sueños de una vida mejor. Una vida en la que él conduciría un Cadillac y luciría sortijas de oro en todos sus dedos. No, definitivamente The Jefferson Airplane y The Grateful Dead no eran para él, aunque le gustaba mucho el desgarrador lamento de Janis Joplin cuando cantaba los viejos blues de Big Mama Thornton.

En el Bar de Harry siempre se podía escuchar la colección de singles de 45rpm que Tommy había visto crecer con los años sustituyendo a los de pizarra de 78rpm, a cambio de unos centavos depositados en la ranura de la Wurtlitzer que reposaba contra la pared y que Harry había comprado a finales de los años cincuenta para sustituir a los músicos locales de blues proveedores del espectáculo previamente a su llegada. Tommy se dirigió hacia la máquina con unas monedas en la mano, escogió dos selecciones y pronto la introducción de “Evil” seguida de la voz cavernosa e imponente de Chester Burnett, el Lobo Aullador, se empezó a escuchar por los altavoces. Pero en sus dedos Tommy no lucía ninguna sortija dorada y nunca en su vida había sido el dueño de ningún Cadillac, ni tan siquiera había conducido uno y el baqueteado Pontiac del 59 aparcado en la puerta del bar era su carroza mágica. Un pedazo de hierro con alambres sujetando los guardabarros y el tubo de escape. El viejo Pontiac de Tommy era un hierro, vaya que si, pero pasaba la revisión de emisión de gases y le llevaba a casa en las heladas madrugadas de Illinois cuando se dirigía a dormir a la hora de cerrar el bar, testigo silencioso de más de una mamada apresurada y alguna que otra lamentable borrachera. Sí señor, el Pontiac con su pintura de color crema salpicada de ronchas de óxido era lo más parecido a una familia, junto al bueno de Harry naturalmente, que Tommy había tenido desde que dejó el orfanato. Sin olvidarnos de la tortuga Clodomire, compañero por más de cinco años hasta que un día cayó desde el balcón de su casa al duro pavimento mientras intentaba cambiar la cortina tras una noche de tragos largos y rápidos en el bar, el viejo bar de Harry que era como el salón de tu casa. Otra ventaja de su asiento habitual, tal vez la más importante de todas, era su situación justo al lado de uno de los dos radiadores que funcionaban en el local, lo cual era de agradecer en noches como aquella en las que el termómetro podía alcanzar los veinte grados bajo cero.

Esa noche Harry cerraba el bar antes de lo habitual, a las doce de la noche porque era el 24 de Diciembre de 1970 y como cada año lo iba a celebrar en la vivienda familiar situada en el piso de arriba del local en compañía de su mujer, Cindy Lee. Tommy en sus casi veintinueve años de edad nunca había pasado unas Navidades en familia y lo más agradable que podía recordar eran las cenas con pavo que compartían en el orfanato, aunque hacia casi dieciocho años desde que había abandonado dicha institución y desde entonces nunca más había vuelto a comer pavo en Navidad. Lo más semejante a una cena familiar fue en la Navidad del 68, pasada bajo una lluvia tropical en una selva perdida del Vietnam, en la que había compartido con sus compañeros de pelotón una cena consistente en un cerdo salvaje asado al que uno de los soldados pertenecientes al ejército aliado de Vietnam del Sur había capturado esa tarde con una trampa. “Fat Boy” Trumbell era de un pueblucho de Oklahoma y siempre se estaba quejando de que la comida era una auténtica porquería y esa noche se había convertido en chef improvisado para el pelotón, Johnny “Shines” venía de una pequeña aldea de campesinos cercana a Clarksdale, Mississippi y se pasaba la vida sacándole brillo a sus botas, de ahí su apodo. “Shines” también tocaba un blues peligroso y esa noche había provisto la música ayudándose de una vieja y baqueteada Gibson que había heredado de Johnny Boy cuando se licenció para regresar de vuelta a su dorada California. Johnny había perdido tres dedos de la mano izquierda intentando desactivar una granada y había decidido cambiarse de profesión y dedicarse al surf. “Two Times” Jack era un wise guy de Newark, New Jersey y siempre decía las cosas dos veces con su característico acento Neoyorkino. Tommy miró su reloj y comprobó que eran casi las once de la noche mientras esperaba que Harry le sirviera otra Miller Lite junto a un chupito de whiskey, este trago se lo iba a dedicar a la salud de sus compañeros de armas, todos muertos excepto Ramírez, el chicano de Peoria que se encargaba de la doce milímetros. Ramírez había logrado regresar a casa pero sólo la mitad de él por la puta mala fortuna de una mina que le había volado las dos piernas una semana antes de licenciarse. Lo había visto un par de veces en las ocasiones que visitaba Little Village para comerse unos tacos al pastor o tomarse unas copas en el Mario´s Ballroom un salón abierto desde unos meses atrás en la esquina de la Avenida Kedzie con la Calle 25, lugar perfecto si querías acabar la noche acompañado a cambio de una botella de Triple Equis y unos cuantos dólares sudados y arrugados. Ramírez solía mendigar por el barrio en su silla de ruedas con el carnet de veterano colgado del cuello y dos gorros de lana acoplados en sus muñones pero a pesar de haberle saludado no había reconocido a Tommy, que se había limitado a echarle unos cuartos de dólar en la taza que sujetaba en las manos. A Tommy no le gustaban las mujeres mejicanas, al menos las que frecuentaban el Mario´s por lo general con tipo indio, bajitas con hombros anchos, culos estrechos y pocas tetas y prefería las hermanas negras o mulatas, o las portorriqueñas que encontraba habitualmente en la Cermack. Esa noche había pensado en recoger a una de ellas con el viejo Pontiac de camino a casa, ante la observación contraria de Harry que dudaba que encontrara compañía en esa noche. Hasta las putas tienen alguien con quien pasar la Navidad.

A las once y media Harry le recordó mientras le servía otra Miller y un chupito a cuenta de la casa que tan solo en media hora tenía que cerrar y le prometió bajar al día siguiente al bar los restos de la deliciosa cena para ofrecer a los fieles clientes, Cindy Lee, la dulce Cindy todavía cocinaba como si fuera para una familia entera aunque la realidad era que su hija se había marchado a California hacía muchos meses y su hijo mayor había perecido en Vietnam en el año 66. Tommy levantó el vaso de whiskey para darle un trago y al alzar la vista lo que vio por la ventana hizo que su mirada se paralizara de repente, congelada y mesmerizada por lo que contemplaban sus ojos. Un Cadillac El Dorado de color rojo de los años 50, viejo pero reluciente había aparcado en la puerta del Bar y Tommy observó con curiosidad como un chófer negro salía del automóvil para rodearlo y abrirle la puerta al pasajero que ocupaba el asiento de atrás. Lo primero que le atrapó fue el rojo brillante de unos zapatos de tacón que destacaban al mezclarse en la nieve blanca como una cereza en la cima de una copa de nata y las fenomenales piernas que siguieron a continuación deslizándose lentamente cual serpiente fuera del asiento, enfundadas en unas medias de rejilla de color negro. Dichas joyas anatómicas dieron paso a una de las mujeres más imponentes que Tommy había visto en su vida, envuelta en un abrigo blanco y con el cabello recogido bajo un pañuelo a topos rojos y blancos. El chófer caminó los pocos pasos que separaban el coche del Bar para abrirle la puerta antes de regresar de nuevo a su puesto detrás del volante del Cadillac y se oyó la Wurlitzer emitiendo por sus altavoces los provocativos primeros compases del tema de Sonny Boy Williamson “From The Bottom” como banda sonora al sinuoso movimiento de las caderas de la mujer, que ahora dejaba al aire una melena pelirroja y ondulada al haberse quitado el pañuelo de un solo gesto. Tras haber mirado a su alrededor se acercó al taburete contiguo al que Tommy ocupaba y mirándole con unos ojos de un verde claro que le recordaron al mar asiático le preguntó mientras comentaba casualmente que hacía mucho frío si le importaba que se sentara junto a él. Aparte de Harry y Tommy en el bar tan solo habían dos clientes más, patrones habituales sentados en la otra esquina del bar jugándose unos cigarrillos a los dados y Tommy se preguntó a sí mismo cuáles serían las intenciones de la recién llegada. Al hablar había revelado unos dientes blancos y perfectos envueltos en unos labios carnosos de color carmesí pero su aliento olía profundamente a licor y tabaco, iba fumándose un cigarrillo Kool mentolado y al acercarse Harry a ella para servirle le exhaló el humo lenta e insolentemente a la cara mientras le ordenaba un doble de Southern Comfort sin hielo.

Tommy escuchó su voz profunda y rasposa procedente de una garganta de cierto bien acostumbrada a la dureza del licor, recién engullido de dos tragos dejando el vaso en la barra de un golpe seco mientras pedía otro. Cuando sus ojos se posaron de nuevo en los suyos Tommy mantenía una lucha interna tratando de decidirse a ofrecerle una copa pero sabía que si lo intentaba su tartamudeo se haría evidente debido a los nervios que le invadían y decidió dejarlo correr, era casi la hora de cerrar y el viejo Pontiac le esperaba en la puerta del bar como perro fiel. En su casa tenía un par de latas de carne y dos botellas de whiskey, además de una caja de 24 latas de cerveza Icehouse que le ofrecían la perspectiva de una compañía más agradable que la de cualquier rubia de este mundo. Llamó a Harry y con un gesto le indicó que se cobrara la copa de la extraña además de las suyas, aunque todavía afectado por el horror de la guerra Tommy era un hombre alto con ojos gris claro y de facciones atractivas y mientras se estaba abotonando el abrigo tras haberse despedido del eficiente Barman felicitándole la Navidad observó cómo los verdes ojos de la mujer estaban clavados en los suyos propios con la promesa escondida de una noche de Navidad pasada entre tragos largos, tabaco mentolado y compañía femenina. En el momento de abrir la puerta para enfrentarse al gélido viento de la ciudad que hacía que los copos de nieve le golpearan en el rostro, Tommy le devolvió la mirada a la mujer y sin decir una palabra le guiñó el ojo y se despidió de ella llevándose dos dedos a la frente en un gesto similar al saludo militar. Al dirigirse hacia el Pontiac sus ojos se posaron en las manos del chófer reposadas sobre el volante del Cadillac, llenas de relucientes anillos de oro adornando sus dedos que se reflejaban a través del cristal empañado. Tommy encendió un Lucky Strike sin filtro mientras intentaba arrancar el automóvil, tarea que consiguió como habitualmente tras unos cuantos intentos hasta que el viejo Pontiac arrancó para comenzar a deslizarse por la nieve, dando la oportunidad a Tommy de ver como la mujer con el pañuelo de nuevo envolviendo su melena rojiza salía del bar de Harry contoneando las caderas en dirección al coche que la llevaría de nuevo a ser engullida y probablemente nunca mas vista por la negra y fría noche de la ciudad de Chicago. La Ciudad del Viento que constantemente nos trae y se lleva de vuelta personas solitarias y sueños de perdedores.

Mientras esperaba en el semáforo Tommy decidió que se daría una vuelta por la esquina de la Avenida Cermack. Tal vez se encontraría con alguna puta comprensiva y de corazón solitario que se encontrase necesitada de compañía en Navidad. Faltaban tan solo un par de minutos para la medianoche y Tommy sabía muy bien que a las doce de la noche todas las mujeres rápidas y peligrosas se convierten en viejas brujas. Y los Cadillac El Dorado se transforman en carrozas. En la distancia las luces del bar de Harry se estaban apagando y la ciudad se encontraba silenciosa y solitaria. En el semáforo Tommy le ofreció la mejor de sus sonrisas a Blanquita, despampanante puertorriqueña y vieja conocida que estaba apoyada en el semáforo de la Avenida Roosevelt a su cruce con la South Western mientras bajaba la ventanilla del Pontiac y ella se le acercaba sonriente contoneando sus caderas tan llenas de promesas escondidas. A fin de cuentas Tommy pasaría la Nochebuena en compañía por primera vez en muchos años. A lo mejor hasta invitaría a Blanca al dia siguiente a comer y a un espectáculo en el downtown y la llevaría después al viejo Bar del querido Harry para celebrar la Navidad juntos. Y si Blanca no le cobraba por la tarde de compañía a lo mejor Tommy había tenido la inmensa fortuna de que Santa Claus le hubiera traído ese año, por primera vez en su vida adulta, un regalo de Navidad.

Relato aparecido originalmente en el blog mgm-relatosyescritos.blogspot.com.es

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