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por Mariano López Torregrosa

III. Créditos finales. Se cierra el telón.

Tratar de evitar la operación retorno del puente nos obligó a levantarnos la mañana del lunes pronto para el viaje de vuelta. Pocas horas de sueño, desayuno fuerte, y una vez más al puesto de merchandising, a cambiar una camiseta cuya talla no les quedaba el día anterior. La ciudad aún dormía, y la verdad es que pocos comercios abrirían horas más tarde, como parte de la celebración del Día del Genocidio en Latinoamérica. Llegamos al puesto de merchandising una hora antes de su apertura, e incluso los bares cercanos todavía no habían terminado de sacar las terrazas. Subimos caminando hacia un mirador donde nos sentamos en unos bancos. El vaivén constante de las olas rompiendo contra el muro de la iglesia, bajo el campanario, resultaban de algún modo tranquilizadoras. Sin el jaleo de los días anteriores, uno reparaba más en el sonido del constante paso de los aviones, que despegaban cerca, desde el aeropuerto del El Prat, y verlos cruzar sobre el cielo nublado me recordaba inevitablemente a aquella vieja canción de Calamaro. En los alrededores del mirador tan solo pasaba algún madrugador en mayas haciendo ejercicio, o los más viejos del lugar yendo a por el pan o algo de prensa. Y entonces, sin nada más que hacer, hablamos. Hablamos del tiempo, del festival, de cine, de familia, de política, de trabajo, de futuro…daba igual que fueran desde estupideces hasta temas profundos, lo importante, es que allí, en ese mirador, hablamos. No coincidíamos prácticamente en nada, y tampoco sé si entonces conseguimos derribar por un rato el muro de silencio, o tan solo lo escalamos para concedernos una tregua, pero me gustaría pensar que ese va a ser uno de los momentos que uno recordará cuando el otro ya no esté. Mientras me estaba hundiendo y ya no conseguía ni escribir historias, me fui para encontrarme con una que debí haber escrito hace mucho tiempo. No conseguimos ver a David Prowse, ni a Oliver Stone, que recibía el Premio de Honor por toda su trayectoria. Y por supuesto, ni llegamos a oler a Terry Jones. Pero daba igual. Tan solo por aquel momento en el mirador había merecido la pena. Pese a las nubes me sentí bañado en luz, y tuve la certeza de que aquel momento no se perdería, como lagrimas en la lluvia.

Durante el viaje de vuelta sí que me sentía legitimado para decir, huyendo de tópicos, que había visto cosas que no creeríais. La aventura había sido una pasada, para repetir sin duda, aunque a la vuelta no pude evitar tener sensaciones encontradas: Por un lado, después de pelis de gore satánico turco, festivales chinorris de hostias como panes, gente que se hacían estallar la cabeza unos a otros mediante telekinesis, y demás salvajadas innombrables, llegué con ganas de ver “Que bello es vivir” para tratar de reconciliarme un poco con la humanidad. Aunque por otro lado, tampoco podía evitar la sensación de que al lado de la caja de herramientas que hay en casa de repente se echaba a faltar una sierra mecánica. Mientras escribo estas líneas, ya se conoce el palmarés del festival, con galardones para varias de las pelis que vimos: SPL2: A Time for Consequences ganó el Premio a Mejor Película en la Secció Oficial Fantàstic Òrbita. Y, pásmense, Anabel se llevó el galardón Premio Mejor Película Noves Visions Plus en la sección Noves Visions. Hay que joderse…

Valencia, octubre de 2015.

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