David-Prowse-actor-en-Wars-Stars

por Mariano López Torregrosa

1. El asesino entra en la ducha.

A cada uno le molan los hoteles por algún aspecto espectacular. A algunos, por las botellitas de gel y toallas que puedan llevarse de estranjis. A otros, por las vistas desde la ventana. Otros flipan con los tropecientos canales de la tele. A  mí, con mis noventa y pico kilos, y subiendo, lo que me flipan son los desayunos continentales. Y teniendo en cuenta que no teníamos muy claro a qué hora íbamos a poder comer, lo aprovechamos al máximo. Cruasanes, tostadas con mantequilla y mermelada, huevos revueltos, zumo de naranja recién exprimido, bacon crujiente, salchichas…Uno de esos desayunos con los que siempre sueñas, pero nunca tienes tiempo de preparar. Mi padre miraba insistentemente el reloj, mientras yo, ingenuo de mí, trataba de tranquilizarle con el argumento de que era imposible que un domingo por la mañana hubiesen las mismas colas que un sábado por la noche. Craso error. Pese a llegar una hora antes al Auditorio del Hotel Meliá, a unos veinte minutos a pie del centro, la cola ya estaba formada. El primer plato del menú del día, Baskin (Can Evrenol, Turquía, 2015), película de terror lovecraftiano con toques gore, que entraba en la competición oficial del festi. Una de esas pelis que impactan y se mantienen en la memoria, a base de puro salvajismo, durante mucho tiempo. Mientas se extraían ojos y vísceras no pude evitar pensar que en aquellos mismos momentos una parte de la población del país estaba asistiendo a misa. Hay un detalle, que se dio durante la proyección, que sirve para ilustrar a la perfección el espíritu que reina en el festival. Secuencia inicial. Un niño aparece durmiendo en su habitación. La cámara repasa los objetos que hay en la estantería sobre su cama: un reloj, peluches, libros infantiles…hasta que llega a la figura de juguete de una Tortuga Ninja. Y de repente, toda la sala de cine rompe en aplausos y vítores. Sí, porque había salido una Tortuga Ninja en pantalla. Y no serían los únicos aplausos y vítores enfervorecidos que escucharíamos durante las proyecciones, y es que a Sitges, se viene, sobre todo, a disfrutar. Por eso el público no duda en trasladar el ambiente festivo que reina en las calles adentro de las salas de cine. Diversión, fiesta, alegría, incluso para ver una peli gore. Celebración constante, que hace que en ocasiones la calidad de la película pase a un segundo plano. No sé si este es el ambiente que se da en otros festivales más serios, como San Sebastián, Venecia o Cannes, pero lo que tengo claro es que si allí no se da,  pueden meterse todo el prestigio, la seriedad, y las grandes estrellas por sus rígidos e intelectualmente superiores culos.

Tras Baskin, en el mismo Auditorio, cambio de tercio SPL 2: A Time for Consequences (Soi Cheang, Hong Kong, 2015), segunda parte, aunque se puede ver de forma totalmente independiente, de SPL: Sha Po Lang (Yip Wai-shun, Hong Kong, 2015), convertida ya en un clásico del cine de artes marciales. Porque sí, ahora tocaba una película chinorri de hostias como panes. Antes de la proyección se le concedió a Simon Yam, uno de los actores del film, el premio María Honorífica por toda su trayectoria. Rostro habitual del cine asiático desde hace más de tres décadas, a sus sesenta años Yam ha participado, agárrense, en más de ciento ochenta películas, series de televisión aparte. Breve y simpático en su discurso, tratando de dar les “gràcies” en catalán, Yam recibió una calurosa y cerrada ovación por parte de un auditorio entregado. Y tras el premio, ahora sí, la catarsis del hostiazo. La película, un policiaco con un guión bastante currado, aunque con puntos un tanto inverosímiles, contaba con secuencias de acción espectaculares, y cómo no, larguísimas escenas de lucha de artes marciales. La principal virtud de este tipo de pelis es su capacidad autoconsciente de cine de acción sin más pretensiones, y por tanto, de no tomarse demasiado en serio a sí mismas. Y esto hace que el film, aparte de un componente dramático que en ocasiones rayaba la sensiblería de lágrima fácil (supongo que desde el punto de vista occidental), llegue a regalar algunos gags de humor realmente brillantes. Como muestra, un botón: Tras una cruenta batalla, uno de los protagonistas, policía infiltrado, es lanzado por la ventana de un rascacielos por el malo, un director de prisiones corrupto que parece haber sido sacado de un desfile de Armani. Éste, a su vez, es lanzado por la misma ventana por otro de los protagonistas, uno de los guardias de la prisión que dirige nuestro, impecablemente vestido, villano. El malo se agarra del extremo de la cadena que lleva enrollada al brazo el guarda, mientras que el policía infiltrado, para evitar también la caída, se agarra del extremo de la corbata del director de la prisión. El guarda tiene que salvar a toda costa la vida del policía infiltrado, ya que casualmente es la única persona compatible para un trasplante de medula ósea que salve la vida de su hija pequeña, la cual agoniza en el hospital. Les aseguró  que tan solo he resumido un minuto de película. El resto, también de traca. Sin duda, la película más divertida de todas cuantas veríamos durante el Festival.

Una vez concluida la peli, se nos echaba el tiempo encima para la siguiente sesión en el cine Prado, y pese al desayuno fuerte, el hambre comenzaba a hacer mella. Sin estar seguros de poder llegar a tiempo a pie, paramos al único taxi que deambulaba por las inmediaciones del Hotel Meliá, sin que extrañamente ninguna de las centenares de personas allí congregadas hiciera el menor ademán de darle el alto. Diez minutos más tarde, al llegar al destino, entendimos por qué el Producto Interior Bruto de la localidad se había elevado, en tan breve lapso de tiempo, hasta la puta estratosfera. Todavía temblando, otra vez a hacer cola, hasta lo que se suponía que era una de las propuestas más sugerentes de nuestra programación particular: El documental I am your father (Toni Bestard, Marcos Cabotà, España, 2015), que trata de reparar la que tal vez sea una de las mayores injusticias de la historia del cine fantástico. Cuando se habla de la saga Star Wars, quien más y quien menos estará familiarizado con los rostros de  Mark Hamill, Harrison Ford, Alec Guiness, Carrie Fisher, etc., pero pregunten a alguien por David Prowse, a ver con qué cara se queda. Prowse, fue, ni más ni menos, el actor bajo el traje del que tal vez sea el mayor villano cinematográfico de todos los tiempos: Darth Vader. Sin embargo, tras seis años de trabajo, justo para la escena de El retorno del Jedi en la que Vader se quita la máscara y habla con su hijo, la escena en la que debía verse finalmente su rostro, los productores, con George Lucas a la cabeza, decidieron contar con otro actor para la escena, que grabaron en secreto sin decir una sola palabra a Prowse, quien se enteró a raíz de su conversación con un periodista. El documental trata de explicar el porqué de esa decisión y porqué la relación entre el actor y Lucasfilms se rompió hasta el punto de que no ha sido invitado a ninguna de las convenciones periódicas de Star Wars durante los últimos cuarenta años. Como es de imaginar, George Lucas, que no sale precisamente bien parado en el documental, no solo ha declinado participar en el mismo, sino que no ha cedido ni uno sola imagen de la saga para la elaboración del docu. Pese a lo kafkiano de ver un documental sobre Star Wars en el que no aparece ni una sola imagen de Star Wars, la cinta resulta interesante tanto para legos como para profanos en la materia, y solo se le puede achacar un excesivo metraje de autocomplacencia redundante en la parte final. Aun así, en definitiva, muy recomendable. Contó el film con la presentación de ambos directores, aunque no puede evitar la sensación de que quién faltaba allí era el propio Prowse. Imagínense mi sorpresa cuando días más tarde, una vez vueltos a casa, vi en la página web del festival que Prowse había acudido a Sitges a recibir el Premio María Honórifica…justo el día después de que emprendiésemos el viaje de vuelta. Juro que a veces miro al cielo y oigo a alguien reírse.

Siguiente sesión, justo después en el mismo cine Prado, cuando ya no podía dejar de salivar y se mitigaba el rugido del estómago a base de agua mineral. Como aperitivo, L’encenedor Quàntic (Pau Escribano, España, 2015), simpático cortometraje, realmente corto, sobre dilemas morales causados por un viaje en el tiempo. Tras el largometraje Anabel  (Antonio Trashorras, España 2015). Trashorras, crítico cinematográfico, guionista televisivo o autor de guiones cinematográficos como el de El Espinazo del Diablo (2011) filma una cinta de bajo presupuesto, rodada con medios caseros dentro de su propio apartamento. Pese a la presencia de rostros conocidos como los de Enrique Villén o Ana de Armas, esta parábola del drama de los desahucios adolece de ritmo o de un montaje coherente y bien ensamblado. Sus propuestas resultan imprecisas, y solo a base de mucha voluntad consigue uno ver a la personificación del diablo en un Enrique Villén francamente desaprovechado. En definitiva, una cinta que acaba resultando pretenciosa, prometiendo mucho más de lo que acaba ofreciendo, cansina hasta el sopor, y que no puede calificarse más que de experimento fallido por parte del autor. Cabe preguntarse si de no darse la afinidad del director con la dirección del festival, tal y como declaraban tanto organizadores como director durante la presentación previa a la proyección, la cinta hubiera pasado el corte de selección. Llámenme malpensado, pero ya saben, piensa mal y acertarás.

Salí del cine famélico hasta el punto de que si en aquel momento nos hubiese tocado otra sesión con alguna película cuyo eje central hubiese girado en torno al canibalismo, juro que no habría sido capaz de responder de mis actos. Sin embargo, en aquel mismo momento mi señor padre decidió que era el momento adecuado de pasar por el hotel y recoger las camisetas que había adquirido el día anterior para ir a cambiarlas al puesto de merchandising por unas de una talla menor. Primario que es uno, intenté hacerle cambiar de idea de un modo poco sutil, bien es cierto, que servidor, por el contrario, se había marcado como objetivo ligeramente prioritario evitar la muerte por inanición. La disparidad de caracteres acabó provocando la primera disputa seria durante el viaje. Nada que no se pudiese solucionar con una copiosa cena en una terraza frente al mar una vez cambiadas las camisetas. Exhaustos y con el estómago lleno, nos asaltaron las dudas acerca de si asistir o no  la última proyección, pero se acabó imponiendo la idea de que si has empezado algo, mejor que estés dispuesto a acabarlo, forastero. Así que sacando fuerzas de donde no las había, enfilamos hacia el cine de El Retiro, en pleno centro, a escasa distancia del Cine Prado y de nuestro hotel, con el compromiso mutuo de que si alguno de los dos se ponía a roncar, el otro le despertase de un codazo.

Nuestra última cita, The mind’s eye (Joe Begos, Estados Unidos, 2015) cinta de ciencia ficción con toques de terror que cuenta como referente más inmediato con Scanners (David Cronenberg, Estados Unidos, 1981). Begos sitúa la acción de esta cinta sobre experimentos con personas con poderes telekinéticos a finales de los ochenta/principios de los noventa, lo cual resulta un acierto, porque toda la película desprende, desde la ambientación, acción, incluso banda sonora, aroma a serie B añeja. Especialmente recomendada para los fans de este tipo de subgéneros de bajo presupuesto. El propio Begos, luciendo larguísima barba,  cabello y gorra que lo hacían parecer un redneck perturbado extraído de la América más profunda, estuvo presente para introducir el film y mostrarse agradecido de ver como el cine se había llenado de “putos locos ansiosos por ver un montón de putas cabezas explotando”. Palabras textuales. Desde luego, el público no salió decepcionado, y lo que en cualquier otra parte del planeta en otro momento pudiese haber resultado perturbador, toda una sala de cine aplaudiendo y jaleando como locos cada vez que explotaba una cabeza humana pringándolo todo de sangre, aquí se consideraba un aspecto más de la fiesta. Como para roncar teniendo la vista fija con los ojos como platos en la pantalla. En fin, un producto de entretenimiento sin más pretensiones perfecto para cerrar nuestro maratón, y arrastrar lo que quedase de nosotros hasta el hotel. Una vez alcanzada, la cama, caímos redondos sin decir ni mu, dispuestos a tener dulces pesadillas. Hotel, dulce hotel…

Anuncios