Festival-de-Sitges-2015

por Mariano López Torregrosa

1. Se abre el telón.

Jueves 8, nada más salir de currar por la tarde. Llamada de teléfono. Mi señor Pater, quién no se anduvo con rodeos: “Si no tienes planes para el puente, nos podíamos ir de sábado a lunes al Festival de Sitges”. La verdad es que mis planes para el finde consistían en seguir avanzando en la escritura de un libro de relatos cortos que se me está alargando más de lo previsto, vegetar, y poco más. En general el fantástico y la ciencia ficción no están mal pero no son mis géneros favoritos, y aunque trato de huir del cine de terror, pensé que un cambio de aires podía venirme bien, con lo cual no dudé en aceptar. Al día siguiente, búsqueda de hotel, compra de entradas (básicamente las que quedaban disponibles), y tras la celebración de los fastos del 9 d’octubre, cumpleaños de John Lennon, emprendimos viaje bien tempranito por carretera la mañana del sábado, cuando el sol todavía no había terminado de salir. Durante el viaje, como viene siendo habitual entre mi padre y yo, silencio.

Vaya por delante que servidor jamás había asistido a un festival de cine de verdadera envergadura. Entiéndanme, de donde vengo teníamos la Mostra de Valencia. Así que todo cuanto van a leer a continuación no va a ser una crónica más sino más bien la historia de alguien que se maravilla a cada paso. Me resisto a llamarla crónica, ya que no fui hasta allí a currar. Sitges es, grosso modo, una preciosa población costera cercana a Barcelona, dedicada sobre todo al turismo, y que con poco más de 28.000 habitantes cuenta con nueve salas de cine y más de cien hoteles. En Xátiva, lugar donde nací, con una población similar, si quieres ir al cine tienes que salir al centro comercial de las afueras, aunque esa es ya otra historia. Una vez llegados, Sitges era una un hervidero de gente. Una de las primeras cosas de las que te das cuenta es que todo el pueblo se vuelca con el festival, que ya alcanza sus 48 ediciones ininterrumpidas. Hay carteles por absolutamente todas las calles y comercios. En las tiendas de ropa, los maniquíes aparecen maquillados de zombies, en bares y restaurantes hay cócteles especial Drácula, Hombre Lobo, etc. Tal vez este sentimiento de unión, de llevarlo adelante entre todos, a base de constancia y buen hacer, sea la clave de lo que ha convertido la cita no sólo en un referente internacional sino también en un lucrativo negocio que deja suculentos dividendos en la población. Igualito, igualito que en Valencia, que cuando a alguien la da por organizar algo, la ciudad se divide en dos facciones: los organizadores, rezando por no pegarse la hostia del siglo, y el resto de la ciudad, esperando a que se la pegue.

Una vez aparcado el coche, y dejado el equipaje en el hotel, vuelta por la city. Lugar acogedor, calles limpias y cuidadas, cielo despejado, y clima nivel guiris bañándose. Respecto a la población, tal y como cantaba McNamara, “mucho guiri, mucho gay, mucho guirigay”. Aunque si bien estos dos segmentos de población pueden ser predominantes durante el resto del año, durante la celebración del festival es otra subespecie la que ocupa el primer lugar del pódium. Sí, lo han adivinado: Freak Power al poder. Sin entrar en disquisiciones ideológicas, creo que si los independentistas catalanes quisieran encontrar una manera efectiva de independizarse del resto de España tendrían que dejarse de elecciones, referéndums, insumisión, y hostias en vinagre. Bastaría con hacer saltar a la vez a todos los frikis que se reúnen en Sitges durante la celebración del Festival, y la tierra se separaría por sí misma. Durante el resto del año tienen que convivir y aislarse en cierta forma del insoportable coñazo que es la gente normal, pero aquí, por unos días, son los reyes del centro del universo. A lo largo del paseo, entre casetas de camisetas, posters, y demás parafernalia, vimos una multitud formando una cola kilométrica frente a una de las carpas. Cientos de personas esperaban para ser maquillados de forma gratuita al estilo zombie, y es que esa misma tarde iba a tener lugar la Zombie Walk, un impresionante desfile que abarcaría la totalidad del paseo junto a la playa. Los maquilladores iban a trabajar de forma ininterrumpida desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde, para poder empezar a las ocho de la tarde.

A mi padre se le veía disfrutar especialmente con todo aquello. Sentados a comer en una terraza frente al mar, me comentaba como soñaba con venir al festival desde que era chaval, y leía sobre el mismo en revistas de cine de ciencia ficción que compraba siendo adolescente. Hablaba de cómo todavía guardaba aquellas revistas, que ya no se editaban, bien encuadernadas, como oro en paño. Hablaba de cómo en principio el Festival estaba más centrado en la ciencia ficción, y de cómo se fue abriendo progresivamente hacia el terror y el fantástico, hasta que la presencia de la ciencia ficción iba reduciéndose cada vez más y más en el cartel. También es verdad que la ciencia ficción no es un género muy en boga en las carteleras durante los últimos tiempos. Tal vez, como buena parte del buen cine en los últimos tiempos, se ha mudado a la TV. Hablaba de cómo quería, aunque fuera por una vez, cumplir el sueño de venir, con el tono de quien sabe que ya le queda más pasado que futuro. Y mientras hablaba, se iba rompiendo el muro de silencio que hemos construido lentamente entre los dos, silencio que se llena con todas las cosas que nunca nos decimos.

A las seis de la tarde, primera proyección en el Cine Prado, un precioso teatro antiguo reconvertido en cine, con sus palcos, su telón, y sus murales religiosos pintados sobre el techo. Primera proyección después de una hora de cola, todo hay que decirlo, y es que las colas interminables son una constante en Sitges. Por una vez, comprendía como debía ser la vida en la URSS. Haríamos tantas colas durante los dos siguientes días que, si alguna vez hubiese una guerra, gran hambruna, o catástrofe medioambiental, y la población tuviese que hacer cola para recibir alimentos o demás productos básicos, un servidor, al ver la cola, tan solo sería capaz de preguntar a la gente allí presente qué película echan. Respecto a las películas que íbamos a ver, siete en dos días, tuvimos poco margen de elección. Las entradas para los grandes reclamos del festival (películas de Terry Jones, Eli Roth, Anton Corbijn, etc.) estaban agotadas desde hacía meses. Me dolió especialmente la de Terry Jones, ya que tenía la vaga esperanza de que se presentase en el festival, para asistir a alguna de las proyecciones. Después de todo, esa seguramente iba a ser la única vez que iba a estar tan cerca de un Monty Python. Uno es más de comedia, que quieren que les diga. En cualquier caso, debimos conformarnos con lo que había, sin tratar de pensar demasiado en que si todavía quedaban, a esas alturas, entradas disponibles para determinadas pelis, por algo sería. La película que nos disponíamos a ver se encuadraba dentro de un ciclo de pelis seleccionadas por Nicolas Winding Refn, director danés de títulos como Bronson (2008), Valhalla Rising (2009), o la más conocida, Drive (2011). El cineasta iba a ser homenajeado en el festival recibiendo el Premio Máquina del Tiempo en reconocimiento a su trayectoria. Y en correspondencia iba a seleccionar y presentar una serie de títulos que le habían influenciado, y que formaban parte del libro The Act of Seeing (FAB Press), que también presentaba durante el festival junto a su autor, el crítico y periodista Alan Jones. El título que nos había tocado, Adiós, Tío Tom (Italia, 1971), falso documental dirigido por Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi. Una película de la que se conservaba una sola copia en todo el mundo, restaurada de aquella manera, aunque no tardamos en darnos cuenta de que la pésima calidad de visionado no iba a ser, ni de lejos, lo peor. Se trataba de un falso documental sobre el tráfico de esclavos a Estados Unidos anterior a la Guerra de Secesión, que narraba con escalofriante realismo y mostraba de forma explícita con todo lujo de detalles las condiciones en las que los esclavos viajaban en los barcos, como se daba de comer a quien se negaba mediante embudos, partiéndoles los dientes, como se les introducía tampones en el culo a aquellos que tenían diarrea…En fin, lo más agradable de ver después de comer y de hacer una hora de cola. No dudo de que realmente pasase así, pero ¿qué coño tenía que ver aquello con el cine fantástico, de terror, o de ciencia ficción? Supongo que no fuimos los únicos que se hicieron aquella pregunta, porque el goteo de espectadores enfilando la salida fue constante, y a decir verdad, nosotros no aguantamos más de los quince minutos de gracia. Al ritmo en el que se producía el éxodo, siempre me quedaré con la duda de si finalmente quedaría alguien que aguantase hasta el final de la película.

Aprovechamos el impass hasta la siguiente sesión para tratar de acceder a duras penas hasta el puesto de merchandising del festival, muy cerca de donde iba a dar comienzo en breve la Zombie Walk. Rammstein atronaba por los altavoces mientras la legión zombie iba tomando posiciones. Una vez aprovisionados de camisetas, posters, libros, chapas, y hasta de una cortina de baño que recreaba la escena en la ducha de Psicosis, vuelta al cine Prado para ver Ni le ciel ni la terre (The Wakhan Front) (Clément Cogitore, Francia/Bélgica, 2015). Entramos cargados de optimismo, pensando que para mejorar la sesión anterior tampoco iba a hacer falta mucho. Pero ni tanto, ni tan calvo. La peli trataba sobre las misteriosas desapariciones que sufre un comando de soldados belgas destinados en un puesto fronterizo en Afganistán. No empezaba mal la película, sobre todo en cuanto a relato costumbrista acerca de las relaciones de los militares extranjeros con la población local, los efectos del aislamiento al estar destinados en medio de ninguna parte, o la lucha de guerrillas con unos guerreros talibanes. Sin embargo, es precisamente con la entrada en escena del elemento fantástico cuando paradójicamente la tensión se va desinflando hasta conducir a un final un tanto anodino respecto a las expectativas creadas. El ritmo en exceso lento y pausado tampoco ayudó, aunque eso lo atribuí en parte a tratarse de una película belga. Quien haya estado alguna vez en Bélgica ya sabrá a lo que me refiero. Para quien no haya estado, simplemente diré que si los productores de The Walking Dead decidiesen trasladar al rodaje a Bélgica ahorrarían un montón de pasta en figuración. Es básicamente un país de zombies. La gente va caminando lentamente por la calle, con la mirada perdida, sin pronunciar palabra. Cómo puede ser así el carácter de los habitantes del que tal vez sea el país con mayor variedad de cervezas del planeta, es un misterio irresoluble. Entras a un bar de Bruselas, lleno hasta los topes, un sábado por la noche, y puedes escuchar perfectamente el vuelo de una mosca de parte a parte del local. Y eso sí que da miedo.

Tras un bocado rápido acodados en la barra de un bar (prueben ustedes a encontrar mesa a las 11 de la noche en cualquier bar de Sitges durante el festival, y ya verán qué risa), nos fuimos prontito al sobre. La jornada del día siguiente se preveía dura. En su enloquecido arrebato de fan, el pater había adquirido entradas nada menos que para cinco pelis, empezando la primera a las diez de la mañana, y terminando la última a la una de la madrugada del lunes. ¿Quién dijo miedo? Hemos venido a jugar, Mayra.

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