Honore de Balzac

por Jorge de Frutos

Trazar semejanzas. Ser capaz de jugar, imaginar una forma distinta de sentir para sentir de forma distinta. Esta es una de las capacidades de los niños, pequeños aristas. Y si han sido afortunados, también de los adultos. Reproducir, representar para representarse, sobrepasar los confines de lo humano para llegar a conocerse mejor. Las pinturas con las que el hombre prehistórico decoraba las paredes de las cuevas son una manifestación de deseo, temor, curiosidad: algo distinto de él, pero semejante también ; es el momento en el que el hombre por primera vez dibuja a los animales. Esto ocurre porque existe una identidad común entre el hombre y las bestias que , según Deleuze, supera cualquier identificación sentimental, que liga las dos naturalezas juntas, más allá de cualquier instancia humanística: “El hombre que sufre es una bestia, la bestia que sufre es un hombre”. El soplo, el aliento que une al humano y al animal se estrecha en los momento de fuga y zozobra. En la misma línea podemos recordar las palabras de Freud acerca de la infancia histórica: “El hombre primitivo, en el estado del totemismo, no encontraba dificultad para derivar su estirpe del reino animal. Los niños no advierten la diferencia que existe entre su propio ser y el de los animales, no se sorprenden de que en los cuentos las bestias piensen y hablen. Solamente cuando crecen se sentirán extrañados”. Se produce una rotura que da lugar a este desencuentro, una ruptura voluntaria, una afirmación de alteridad que el hombre desea fuertemente en cuanto que supone una celebración de sí mismo fuera de las tinieblas.

No sorprende que tal presunción de antropocentrismo y de inmortalidad nunca haya obsesionado a los niños ni a los salvajes; ni a los artistas. La ficción, desde las pinturas rupestres a “Bambi” y el resto de las películas de Disney, está llena de animales. Gotea una naturaleza unida a la tierra, ensangrentada y simbólica que acompaña siempre la representación. En las fábulas de Fedro y Esopo, lobos y corderos adoptan los rasgos de la naturaleza humana. Según Lévi-Strauss, que nos invita a darnos con ellos un banquete también intelectual, el animal que es bueno para comer será todavía más bueno para pensar. El mundo animal aparece para ofrecer al hombre un método de pensamiento. Pero la analogía simbólica entre el hombre y los animales no se da sólo en el alma; también el cuerpo de los animales se ofrece como un buen sistema expresivo para la codificación. De hecho, si miramos un rostro humano dejando que los rasgos se descompogan hasta vaciarse de sentido (como sucedería con cualquier frase repetida muchas veces), fijando la mirada sobre la nariz, sobre los volúmenes y arcos de la cara, la mente lleva a cabo un interesante ejercicio: tiende a sobreponer al rostro imágenes de otras criaturas, haciendo emerger por analogía virtudes y defectos que una enciclopedia soterrada asocia con rasgos animales. Por otro lado, en los escudos nobiliarios el animal remite a una determinada estirpe, anticipando la ironía que tendrá en la época moderna la caricatura zoomorfa. Los burgueses serán reconocibles por los animales de menor nobleza: el cerdo más que el ciervo. Y esto es sin duda un triunfo de los dibujantes.

Todo esto puede arrojar algo de luz sobre “Penas de amor de una gata inglesa” de Honoré de Balzac, deliciosamente editada por Libros de la resistencia. Este curioso libro nació en su momento del empeño de dos hombres: el editor Hetzel que en 1840 concibió el proyecto de un libro colectivo con un título brillante (“Escenas de la vida privada y pública de los animales”) y del dibujante J. J. Grandville, que ya puso en imágenes el mundo de las fábulas de La Fontaine, en el que se mostró capaz de extraer curiosas analogías entre los animales y los hombres.

Entre Goya y Grosz, entre el documento de la apoteosis y la quiebra de la sociedad aristocrática fundada en la limpieza de sangre, y la parodia de una Alemania militarista y casi feudal que avanza inconsciente hacia el naufragio de la Primera Guerra Mundial, se encontrará el ilustrador Honoré Daumier, heredero directo de los logros de J. J. Grandville. Con sus horrendos hombrecillos-insecto, desmitifica el ampuloso cesarismo de Napoleón III, el orgullo clerical, las aspiraciones coloniales e imperialistas de la gran industria, el quietismo obtuso y xenófobo de la pequeña burguesía. Sus armas estaban usadas pero todavía eran cortantes, eran las mismas que empuñó Durero al retratar la estulticia humana de los hombres de su tiempo añadiéndoles orejas de asno, un símbolo antiguo que alude a la conservación en el ánimo humano de manías insanas, de la ingnoracia servil y de absurdas presunciones, que volverán a aparecer casi cuatro siglos después en un dibujo de Grosz de 1924: “El indiferente, yo no voto”. Pero de asnos soberbios está también llena la obra de Goya, y no nos podemos olvidar del Pinocho de Collodi, cuando cede a las lisonjas mundanas de Lucignolo. En los grabados rabiosos de Goya, Daumier y Grosz desfilan los triunfos y las vanidades de los asnos contemporáneos.

Grandville forma parte de este selecto grupo de estos talentos. Superando lo pintoresco, reencuentra el sentido del carnaval en un mundo a la deriva; con pavorosos gigantes enmascarados, hombres conejo, hombres oso y hombres lobo. Es sin duda el artista plástico más cercano a Balzac: muchos de sus dibujos podrían servir de ilustración a “La comedia humana”. Comenzó como caricaturista político y evolucionó llegándose a especializar en ilustrador de grandes escritores (como Defoe). El libro proyectado le proporciona la posibilidad de volver a criticar la sociedad de su tiempo, esquivando la censura. Más que contra individuos, apuntará contra las instituciones. La vasta compilación que constituye “La vida privada y pública de los animales ” es una historia escrita por los por los propios animales al estilo de la novela de Hoffmann “Opiniones del gato Murr sobre la vida”. Los animales toman la palabra y exploran todas las posibilidades de la narración. La historia de una liebre dictada por una amiga oca, la novela de la vida de una gata, las aventuras de una mariposa, las memorias de un cocodrilo, la correspondencia entre dos gatas hermanas, los recuerdos de una vieja urraca tomados en un diario de viaje, anecdotas encontradas en las cartas de un orangután. Lejos de ver a las bestias, como más tarde haría Baudelaire, como una personificación de nuestros vicios, Hetzel, el editor, invita al hombre, animal degenerado y depravado, a imitar las virtudes que al animal ha conferido el arte, la heráldica y la leyenda. Casi contemporáneamente Honoré de Balzac en esa enciclopedia del hombre que es “La comedia humana” intuye esa correspondencia entre hombres y bestias aplicando ideas estéticas revolucionarias y luminosas, dispuestas a modificar radicalmente el paradigma creativo de la ficción: se sobreponen los status de individuos y estereotipos, los personajes se convierten en “tipos”, la humanidad es estudiada y ordenada en tasonomías. En el siglo XIX el discurso científico se infiltraba en todo los campos ¿Por qué no en el animal? Ser una bestia no es ultraje ni un insulto en la narrativa de Balzac. Accidentes y fulguraciones en el día tranquilo de un ” flâneur” con una idea obsesiva: definir los caracteres de las andanzas animales y humanas, descubrir los principios, registrar los defectos.

Digno heredero del cuervo de La Fontaine, apoyado en un boulevard, Balzac observa el paso de la muchedumbre y le pone etiquetas animales: es un ejercicio prehistórico, infantil, lúdico y satírico que se multiplica y se hace caleidoscópico. La muchacha parece una gallina sin alas, un hombre se desliza como una anguila, las figuras que caminan con la cabeza baja son caballos de trabajo; y todo esto da nueva sangre a la máquina de la significación. No nos maravilla por tanto la buena disposición del célebre novelista que regalará a los lectores la contribución más prestigiosa del grupo, y puede que la pieza menos estudiada de la obra de Balzac. El escritor en “Penas de amor de una gata inglesa” pone en escena las cuitas de una gata, una belleza inglesa pálida, rubia y dotada de una voz argentina en la que sus breves descripciones de tonos pastel contrastan con un temperamento de fuego y un marido aburrido. Esta sociedad de animales no hace otra cosa que marcar la doblez de la sociedad humana. La fabula es una traducción literal e iconográfica. Y los juicios de la gata le permiten ver el mundo con una mirada rejuvenecida, ingenua como aquella del viajero de Voltaire llegado de otro planeta. En el relato las equivalencias lanzan divertidas pasarelas que unen ambos mundos y el lenguaje se confabula en el juego de las creaciones del espejo. Mi “pequeño hombre” maullará la gata, “mi gatito” dirá la hermana humana; la misgatropía no es nada más que una misantropía animalizada; y las patas llevan a cabo el oficio de los brazos en los encuentros amorosos. Lo que divierte y encanta es el oficio del narrador, el arañazo del periodista y del panfletario, la maliciosa ironía que supone mostrar acontecimientos de la actualidad en un espejo deformante. La gata Beauty es una Lady que reencuentra la poesía de los madrigales y de los que los ingleses llaman “romance”. En cuanto al ratón, que la sociedad falsamente filantrópica de los gatos capitalistas había integrado, se verá obligado volver a la clandestinidad de los parias.

Reseña aparecida originalmente en la web de La Colina 45

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