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por Pep Gimenez

Os voy a decir algo que nunca he comentado en público, porque me produce algo de vergüenza…Muy bien, allá voy: prácticamente no recuerdo a Nirvana…Es decir, cuando pienso en mi infancia o adolescencia no me vienen a la mente la imagen de Kurt Cobain o del videoclip “Smells Like Teen Spirit”. Nunca fueron importantes para mi…O por lo menos no representaron algo fundamental en mi educación cultural.

Y hay una sencilla razón para ello: yo no crecí en los 90…En realidad yo crecí en la segunda mitad de los 90 y principios del nuevo siglo, que es algo muy, muy diferente: a partir del 95 el Grunge, prácticamente, ya no estaba de moda, y su sitio lo ocupó el Brit Pop que no tardaría mucho en morir (en el 97 Oasis y Blur firmarían la defunción del ¿movimiento? con dos discos muy diferentes). De esta forma, la mayoría de referentes culturales que moldearon mi adolescencia surgieron de esa época:

Yo vi a Jim Carrey saliendo desnudo del culo de un rinoceronte mecánico en “Ace Ventura 2”, yo salté en plan bomba en una piscina mientras sonaba “Song 2” de Blur, también vi cómo se tiraban a la madre de Stifler en una pantalla de cine; y formé parte de los borregos que se creyeron el cuento de los Strokes como banda definitiva de nuestra generación…Aunque tuve la suerte de ver a Blink 182 gastarse un montón de pasta en un videoclip e invitar a un vagabundo a un bar de striptease.

Todo esto nos lleva a Adam Sandler

Él acabó, poco a poco, convirtiéndose en algo importante dentro de mi educación cultural; aún recuerdo la primera vez que disfruté de una de sus películas: fue con mis amigos gracias a un VHS de “The Waterboy” (Frank Coraci, 1998), y aún tengo presente las risas que nos pegamos, junto con la sensación de que habíamos encontrado a alguien que no pretendía ser un referente o un símbolo de la Nueva Comedia Americana…Solo un nuevo colega inventándonos al mejor parque de atracciones del mundo: Happy Madison.

Después vinieron “Un Papa Genial” (Dennis Dugan, 1999), “Little Nicky” (Steven Brill, 2000), “Gigoló” (Mike Mitchell, 1999) con Rob Schneider, “La Sucia Historia de Joe Guarro” (Dennie Gordon, 2001)…Un montón de películas que son pura celebración de la diversión, de la inmadurez bien entendida (o el camino hacia una vida adulta más plena, sin los sermones coñazos de Judd Apatow), de la anarquía compartida en un establecimiento de comida Rápida (“¡El Pollo Popeye es la P***a!”), y de la felicidad que a uno le proporciona enamorarse de Drew Barrymore mientras Steve Buscemi se mete una hostia en la tirolina

Esa clase de cosas que los críticos de cine más estirados odian y nunca comprenderán…Porque, bueno, nadie es perfecto, ni siquiera ellos con su cine iraní y su absurda obsesión con decidir que es comedia inteligente y que no.

“Adam Sandler. La Infancia Infinita” (Macnulti Editores, 2015) es un exhaustivo análisis sobre la filmografía del protagonista de “Punch-Drunk Love” (Wes Anderson, 2002), pero hecho desde el amor y la admiración. Lo cierto es que estamos, también, ante una jovial invitación a sumergirte en el mundo del cómico neoyorkino y sorprenderte al descubrir que Adam Sandler es el último gran ejemplo de comedia clásica americana (de Frank Capra a Bob Hope), que las mejores historias de amor suceden en ese limbo temporal llamado Hawai y, sobre todo, que la explosiones de ira pueden ser un gran motor cómico.

Adam Sandler tiene un montón de caras, y, prácticamente, todas ellas aparecen en este libro: sus coordinadores Pablo Vázquez y Roberto Alcover Oti (junto a colaboradores como Noel Ceballos, Fausto Fernández o Toni L. Alarcón) diseccionan películas, escenas y gags en busca de la esencia del creador de “Happy Gilmore” (Dennis Dugan, 1996), y de paso consiguen un brillante estudio sobre los mecanismos para crear algo tan sencillo, y la vez complicado, como la risa…

Porque es necesario reivindicar a uno de los mayores talentos surgido en la comedia norteamericana de los 90 y principios del 2000. Una fuerza de la naturaleza que, al contrario de lo que piensan todos sus detractores, esconde un discurso autoral en la mayoría de sus obras. Y “Adam Sandler. La Infancia Infinita” acaba revelándose como fundamental a la hora de descifrar los secretos, verdades y reflexiones que subyacen detrás de Opera Man, Billy Madison y todas las identidades que han hecho de Adam Sandler el último colega convertido en profeta del humor.

3 Cosas que él nos enseñó en sus películas:

1) Que el desamor puede ser divertido si eres un cantante de boda en los 80:

Ahí tenéis al pobre Robbie Hart, cantando desolado en una boda porque su novia le acaba de abandonar: “Love Stinks” le grita a todo los invitados… ¿Y sabéis que?, tiene toda la jodida razón del mundo…Él, un servidor y tú, lector con cara de armadillo y camiseta de Boston, nunca conoceremos al amor de nuestras vidas, así que lo único que podemos hacer es reírnos con “El Chico Ideal” (Frank Coraci, 1998)”, la primera obra maestra de la comedia romántica que protagonizó Adam Sandler

2) Pero todo se puede arreglar si te enamoras en Hawai de una chica amnésica…

Con la cara de Drew Barrymore. Así es el amor: olvidadizo, sorprendente , complicado..Y que bien lo explica “50 Primeras Citas” (Peter Segal, 2004), una película que podría es el hermano gamberro y fumeta de “Olvídate de Mi” (Michel Gondry, 2004). En realidad, ambas nos acaban hablando de lo mismo pero de dos formas distintas y maravillosas:

3) Todo mola más con Vanilla Ice:

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