2010 Sundance Film Festival -

por Jorge de Frutos

Ya lo pensé una vez, tal vez mientras sentí un pinchazo al ver su actuación en “Synecdoche, New York” de Charlie Kaufman (película del 2008 no estrenada todavía en España). Philip Seymour Hoffman me ha parecido siempre actor y personaje al mismo tiempo. Al imaginarme su vida privada, probablemente no la típica de una estrella cualquiera, volvía a recrear sus interpretaciones, lo cierto es que me sugerían siempre variaciones sobre una fragilidad intensa: un melancólico “outsider” que acepta y metaboliza los desafíos de la vida pero siempre sobrevive. Parecía que un final tan devastador no tenía que llegar tan pronto. No resulta forzado asociar su partida con la de D. F. Wallace, prodigio de las letras norteamericanas, hace cinco años, dejando el vacío y una novela en pleno proceso, además de una mirada única y un patrimonio que todavía no ha sido cartografiado y que no sabemos hasta donde hubiera llegado a expandirse. Del mismo modo, Hoffman ha dado mucho al cine contemporáneo, pero nos da la sensación de que no nos ha dejado ni la mitad de lo que podría haber hecho en su madurez. Este hombre, a pesar de lo imponente de su presencia física, parecía siempre transparente: no había ningún misterio oculto en los ojos desamparados de sus personajes, como no parecía esconderse ninguna ficción en sus carcajadas, largas y liberadoras, ni siquiera en el falsete necesario para hacer suya la sardónica figura de Truman Capote; recordemos que la sublime contención con la que lo encarnó le valió su único Oscar al mejor actor protagonista, a él que parecía haber nacido para ser el perfecto actor de reparto, categoría que le valió ser nominado por su participación en “La Guerra de Charlie Wilson”, “La Duda” y “The Master”.

Podría ser una bendita casualidad, pero Hoffman tuvo lo oportunidad, ayudado por sus diferentes registros, de formar parte de algunos de los largometrajes más representativos de nuestro caótico tiempo: comenzando por la más grotesca y perturbadora película coral que podemos recordar, “Happiness”, del siempre áspero Todd Solondz, un mosaico de roles incómodos y comprometedores en el que Hoffman se las apañaba para dotar de una humanidad entre repulsiva y conmovedora a su personaje y no ser uno más entre tantos; pasando obligatoriamente por su interpretación de un enfermero enamorado sin esperanzas de un camarero en “Magnolia”, el nunca superado fresco de la postmodernidad dirigido por Paul Thomas Anderson, que lo descubrió en “Boggie Nights”, iniciando una colaboración que eclosionaría en la soberbia “The Master”. Centelleaba en sus breves pero intensas apariciones en “El talento de Mr. Ripley” y “Cold Mountain” del desaparecido Anthony Minghella; también resulta inolvidable en la crepuscular “La Última Noche”, tal vez el peldaño más alto alcanzado por el irregular Spike Lee; en el atroz cuento moral de un tardío Lumet “Antes de que el diablo sepas que has muerto”; en el ya citado, milagroso debut en la dirección del guionista Charlie Kaufman; y en el préstamo de su voz, oscura e inconfundible, a esa obra maestra de la stop-motion de Adam Elliott, “Mary and Max”, también inédita en nuestro país.

Son los ejemplos más evidentes de una carrera brillante que parecía destinada a tener una continuación triunfal, pero tampoco nos olvidamos de su única experiencia como director: “Jack Goes Boating”, en la que se ponía detrás y delante de la cámara, dando cuerpo a otro de esos individuos complicados e incapaces de relacionarse, destinados a alcanzar al final de un accidentado camino iniciático algo parecido a una imperfecta, delicadísima felicidad. Pero nos faltan muchos aspectos de los que hablar: su paralelo y casi desconocido para nosotros empeño en el mundo del teatro, más como director que como actor; sus primeros pasos en series de televisión y su participación en “Happyish”, la serie en la que se encontraba actualmente involucrado y que quedará a la deriva tras su muerte. Y puede que únicamente ahora, siguiendo una tristemente consolidada tradición, sus películas inéditas en España lleguen a estrenarse, reparando con prisas la falta de distribución de auténticas joyas desatendidas. En fin, con él nos faltará siempre una parte de nuestro abismo, porque si teníamos un auténtico alter ego en el cine del nuevo milenio era él, ningún otro.

Artículo aparecido originalmente en la web de La Colina 45

Anuncios