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por Jorge de Frutos

“El Secreto de Aurora Floyd” de Mary Elizabeth Braddon (dÉpoca Editorial, 2014)

Mary Elizabeth Braddon (1835-1915) fue una notable novelista de la Inglaterra victoriana, hoy poco conocida, pero que cosechó una enorme fama con artefactos literarios que merecen un lugar destacado entre los clásicos del relato gótico y la novela sensacionalista. Sus obras, dentro de la tradición del folletín decimonónico, están erizadas de crímenes pasionales e insospechadas traiciones que causaron auténtico furor en su época. Pero, antes de iniciarse en la literatura, recordemos que Braddon trabajó como actriz durante varios años, ayudando a su madre Fanny, separada de su padre en 1840. Comenzó escribiendo en publicaciones locales, y ya en 1860 se especializó en esos relatos cortos sensacionalistas, llenos de temas escabrosos conocidos como “penny dreadful” (término que hoy vuelve a estar de actualidad gracias a la serie televisión de Showtime que toma de ellos su título y espíritu). A la cabeza de una de estas publicaciones estaba John Maxwell con el que inició una relación que se prolongaría durante toda su vida. Sin embargo, el camino no fue fácil: la mujer de Maxwell,  que estaba casado y  era padre de 5 hijos, vivía recluida en un psiquiátrico. Tras la muerte de su esposa al fin Maxwell pudo casarse con la escritora (con la que había estado conviviendo durante todo ese tiempo). Estas circunstancias rocambolescas nos recuerdan las tramas enrevesadas y la fijación por la bigamia en sus novelas más conocidas: “El secreto de lady Audeley”  y “El secreto de Aurora Floyd”.

En 1861 la revista de Maxwell publicó a modo de serial los primeros capítulos de “El secreto de lady Audeley”, la primera de sus grandes novelas. La obra cosechó un gran éxito y transcendió su condición inicial de carne de “penny dreadful”, la novela publicada en tres volúmenes. La impresión que causó la obra (que Braddon llegaría a ver adaptada al cine) animó a su autora, contando con el apoyo de luminarias de la talla de Wilkie Collins o William Makepeace Thackeray, a seguir cultivando la creación literaria hasta transitar un extraordinariamente prolífico camino en la escritura con más de 90 novelas publicadas (muchas de ellas con seudónimo).

Aparecida en 1863,  “El secreto Aurora Floyd”, se centra en el personaje de Aurora, que puede evocar a través de sus circunstancias al de Lucy Audley, la heroína de su primera novela sobre la bigamia, pero con algunas diferencias notables, siendo la más significativa el cambio de color de pelo. Esto podría parecernos ridículo hoy en día pero se trataba de un dato tremendamente importante dentro del código victoriano. Se creía que este detalle podía marcar el carácter de una persona en una suerte de férreo determinismo (el género femenino era especialmente sensible a estas alteraciones). Las mujeres rubias y de tez clara debían ser dulces e inocentes, mientras que por las morenas (como Aurora) corría una sangre tumultuosa que las espoleaba a ser apasionadas y peligrosas. La heroína, huérfana de madre, crece caprichosa y altiva. Ama apasionadamente las carreras de caballos y debate con los hombres a su mismo nivel, cosas inesperadas en una joven de la alta sociedad. Como contrapunto aparece su prima Lucy Floyd (que comparte mucho más que el nombre con la dulce protagonista de “El secreto de lady Audeley”), que encarna el resultado perfecto de la feminidad domesticada en la Inglaterra victoriana. Lucy se reprime y esconde sus emociones, como se espera de una señorita, ocultando que está secretamente enamorada del prometido de Aurora. Resulta curioso como Branddon pone todo su entusiasmo a la hora de pintar a Aurora como una atrayente Medusa (de nuevo, la importancia de los cabellos), mientras Lucy casi se vuelve translúcida.

Sin embargo, será Lucy la que acabará casándose con el hombre que ama y enseñará a Aurora el camino de la mujer sumisa. Pero antes de que esto suceda las faltas de un pasado escabroso volverán sobre Aurora, y ella, al no aceptar las responsabilidades, caerá en la bigamia (el escándalo era el alimento favorito de la mojigata sociedad victoriana). Para satisfacer los paladares expectantes de sus lectores, Braddon introduce el tema del chantaje y ligado a éste un asesinato que convulsionará las vidas de los protagonistas del libro. Resulta curioso que al final, con Aurora ya en el camino de la redención, entrando en la senda de lo que se espera de una mujer de su época, el narrador se dirija directamente al lector: “Si ella no hubiera tenido faltas, esta historia se hubiera quedado sin heroína”. Se da por hecho que si Aurora no hubiera tenido nada que reprocharse, si su vida no hubiera tenido manchas, no hubiéramos tenido tampoco novela y los momentos de gozosa incertidumbre que nos ha dado. Las heroínas de las novelas sensacionalistas deben tener algo que ocultar y esconden siempre el deseo de la transgresión oculto en la madeja de sus emociones.

Una novela que merece la pena reivindicar y que dÉpoca Editorial nos acerca, siguiendo un empeño más que loable de sacar del olvido joyas literarias de los siglos XVIII y XIX que actualmente no tienen la difusión que merecen. Una insubordinación contra  la tiranía de los cánones que nos limitan a la hora de disfrutar de lecturas que van más allá de los clásicos establecidos. A ello la editorial suma el goce estético que conllevan sus primorosas ediciones. Una ocasión irresistible para acercarnos a una autora que además de regalarnos intrigas endemoniadamente entretenidas y que no han perdido su vigor, se nos revela como una verdadera enciclopedia para aprender sobre su época (y de la nuestra, por lo tanto). Muestra de ello son los numerosos estudios que sigue inspirando sobre género y sexualidad; pero también tiene mucho que decirnos acerca de las ideas victorianas sobre el crimen, la medicina y la ciencia, así como de la relación de la gente de su tiempo con la literatura, el teatro o las artes.

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